Iñaki Ezkerra-El Correo

Lo han llamado «el marcapáginas más caro de la Historia» y fue descubierto por un empleado de la biblioteca pública de Schijndel, una bella localidad del sur de los Países Bajos: seis billetes de 50 euros que pertenecían al ultimo lector que había tenido ese libro y que los olvidó cuando llegó la hora de devolverlo. A uno eso de señalar el clásico papel ahuesado de las obras literarias con papel moneda le parece sobre todo una iniciativa limpia, sanitaria, profiláctica. Pienso en los que tienen la manía cursi de marcar las páginas con una hoja otoñal o una florecilla campestre infaliblemente podridas, que, en su proceso de descomposición, pringan tenuemente las letras entre las que han quedado prensadas. Pienso en los que se creen muy románticos y también en los guarros que marcan la página con una loncha de chorizo. La de los billetes me parece una medida más higiénica, como digo, pero, en este caso concreto del marcapáginas de Schijndel, me da que hay gato encerrado y que dar por hecho que esos 300 euros tenían la misión de marcar las páginas es ser demasiado bien pensados.

Aceptemos que se puede poner un billete entre hoja y hoja, pero seis ya dan un poco el cante. Inclinan a pensar que quien ha puesto ahí esos billetes no fue con la intención de acotar una lectura sino de esconderlos. Uno sospecha que el marcapáginas de Schijndel es una ingenua figuración poética, una metáfora de algo más pedestre y prosaico. Uno considera la posibilidad de que fuera todo menos un marcapáginas. Si no es porque el lector vive en ese lejano municipio de la provincia del Bravante Septentrional y no en una calle de la capital de España, podría pensarse que esos trescientos euracos procedían del domicilio de Julito Martínez, donde los agentes de la UDEF se toparon en su día con un pastizal en metálico que nuestro hombre había escondido en los sitios más peculiares: una bolsa de golf, una caja de vasos, los radiadores, el cuarto de baño…

Sí. El marcapáginas de Schijndel nos interroga. Es quizá un genuino símbolo de esta época nuestra, desconcertante y hortera de pelotazos, de dinero fácil, de chirriante mal gusto. De alguien que usa el dinero para otra cosa que no sea pagar (para abanicarse, limpiarse los mocos, encenderse un puro, marcar las páginas de un libro…) lo primero que se puede pensar es que se trata de un nuevo rico, es decir, de una figura simplona, grosera, en fin, que en principio no se lleva muy bien con la lectura, actividad que exige de un elemental grado de refinamiento. O quizá no, quizá nos encontramos ante un nuevo y paradójico fenómeno de los tiempos modernos. Quizá nos hallamos ante el nuevo rico, el gañán, el zafio ilustrado. Quizá el marcapáginas de Schijndel sea, después de todo, un signo esperanzador, una luminosa señal de que no está todo perdido.