Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- El Supremo condena al exnúmero dos del PSOE a 24 años de cárcel
Esta es una moción de censura para recuperar la dignidad de nuestra democracia». Lo dijo José Luis Ábalos hace ocho años en el Congreso, mirando a la bancada del PP, que acababa de recibir la sentencia del ‘caso Gürtel’. La moción triunfó, el Gobierno cambió y el por entonces secretario de organización del PSOE se convirtió en ministro de Transportes. Por si han estado viviendo en otro planeta, les diré que lo de la recuperación de la dignidad de nuestra democracia no salió bien: el Tribunal Supremo condenó ayer a Ábalos a veinticuatro años de cárcel por organización criminal, cohecho, tráfico de influencias y malversación en el marco del ‘caso mascarillas’.
La sentencia del Supremo prueba que apenas pasó un verano entre las palabras virtuosas de Ábalos y su contacto con el conseguidor Aldama. Poco después, el ‘número dos’ del PSOE estaba cobrando diez mil euros al mes a cambio de que su socio tuviese acceso preferente a la contratación pública. «La diferencia es que unos en política se enriquecen y otros no», había proclamado Ábalos en el Congreso. Ahora nos damos cuenta de que no especificó a cuál de los dos grupos de políticos pertenecía él. Lo que le dijo aquel día Pedro Sánchez al presidente Rajoy fue que la moción de censura nacía de su «incapacidad para asumir en primera persona las responsabilidades políticas». Ayer, cuando se conoció la condena de quien fuera su mano derecha en el partido y uno de los puntales de sus Gobiernos, el presidente Sánchez esquivó a la prensa en un acto sobre digitalización.
La simetría no tiene escapatoria. En el Gobierno que llegó para librar al país de la corrupción había gente corrompiéndose a las primeras de cambio. Si se preguntan cómo se puede sobrevivir políticamente a eso, yo les doy la respuesta: con mucha práctica. Lo que queda tras saltarse los principios más elementales de la ética pública es rodar por una pendiente furiosa en la que se aguanta día a día, desesperadamente, a base de distracción, sectarismo y propaganda. Ayer, tras conocerse la condena por corrupción del hombre que estableció con la nación un compromiso regenerador, lo inaplazable era analizar lo mucho que se beneficiaba al conseguidor Aldama por colaborar con la justicia. La sospecha, claro, era otra acusación. «No han dudado incluso en acusar de prevaricación a los jueces», les reprochó Ábalos a los diputados del PP en la moción de censura, subrayando su estupor y su hartazgo, como si de verdad le resultase imposible creer lo bajo que puede caer alguna gente.