Pedro García Cuartango-ABC
- Sánchez ha instaurado una dialéctica amigo/enemigo, por la que las conductas se juzgan en función de la ideología y del bando en el uno milite
El editorial de ABC de ayer sostenía que un presidente del Gobierno no puede avalar la inmoralidad ni restar importancia a una conducta como la de Zapatero. Así es. En ningún país democrático, un gobernante se hubiera atrevido a poner la mano en el fuego sobre un político que esconde joyas en una caja fuerte y que, cuando menos, ha incumplido sus obligaciones fiscales.
Tampoco resulta posible obviar que el expresidente facturó por asesoramiento verbal cientos de miles de euros a sociedades que no tenían ninguna necesidad de sus consejos. Todas ellas, vinculadas al chavismo. Tampoco se enteró de que Julio Martínez, su íntimo amigo, maniobraba en su nombre para favorecer a Plus Ultra, de la que cobró en una sociedad pantalla en Dubái.
Zapatero actuó como cómplice de las dictaduras de Venezuela y de China pese a lo cual la izquierda le elevó a la condición de «faro moral». Hace falta tener un sentido de la decencia muy retorcido para obviar que este amante de las joyas estuvo al servicio de regímenes criminales. Esto ya debería ser suficiente para repudiarlo.
Todo lo expuesto se ha dicho estos días, pero es necesario volver a repetirlo porque pone en evidencia un mal que lastra la credibilidad de nuestro sistema político: la falta de ejemplaridad. Sánchez ha instaurado una dialéctica amigo/enemigo, por la que las conductas se juzgan en función de la ideología y del bando en el uno milite. Da igual que un dirigente sea un mentiroso o un sinvergüenza si es uno de los nuestros.
Según publicaba anteayer Carlos Cué en ‘El País’, Sánchez ha ordenado cerrar filas, defender a Zapatero y respaldar a los altos cargos que están bajo sospecha. No habrá ceses ni dimisiones. La ejemplaridad es un asunto irrelevante cuando hay en juego otros intereses, según su filosofía. Todo muy edificante.
Desde luego, Sánchez no puede mirarse en el espejo de Keir Starmer, que ayer anunció su renuncia al cargo. Su pecado es haber malgastado el apoyo de su grupo parlamentario y su extrema impopularidad. En nuestro país, Sánchez no se ha inmutado tras los sucesivos reveses electorales, la perdida de la mayoría parlamentaria y la corrupción que le rodea. Starmer reconoció, nada más llegar al poder, que había recibido regalos, pagos de facturas, ropa y entradas de lord Waheed Alli, un millonario vinculado al laborismo. Su credibilidad no se recuperó.
Los estándares éticos de Sánchez son distintos a los de Starmer. Para él, apropiarse de unas joyas que deberían haber sido donadas al Estado es algo irrelevante y discutible. Lo mismo que respetar las decisiones judiciales, aunque algunas como las de Peinado sean poco justificables, o aceptar que la crítica al poder es uno de los pilares de la democracia. Ya decía Thomas Jefferson que la honra está en dar un buen ejemplo y no en seguir uno malo.