Iñaki Ezkerra-El Correo

  • Si realmente existía ese riesgo de fuga de Begoña Gómez, habría supuesto el final más efectivo de la actual legislatura

Asistimos estos días a una descalificación del poder judicial por parte del PSOE y de sus socios de Gobierno que podríamos llamar defensiva, táctica y a menudo plegable, es decir que se dobla y se guarda como una silla playera cuando las pruebas son apabullantes y el inculpado no pertenece al núcleo parental del poder y resulta por lo tanto fungible, como es el caso de Koldo, Cerdán o Ábalos. Entre esas descalificaciones, la más ridícula, por imprecisa, cautelosa y vaporosa, ha sido la de Óscar López: «Hay jueces que prevarican. Y, si no son ellos, es alguien de su entorno». La pregunta lógica es qué entorno sería ese porque si es social o familiar o vecinal ya no sería la suya prevaricación. El afán del ministro para la Transformación Digital de nadar y guardar la ropa le ha llevado a pronunciar una frase absurda así como a transformar, en efecto, su dedo acusador en un gatillazo.

No es mi intención echar más leña al fuego de ese cotidiano acoso a los jueces, pero sí la de dar mi opinión en lo que considero un paso en falso de uno de ellos. Se pongan como se pongan algunos que confunden Justicia con ideología, el argumento esgrimido por el juez Peinado para justificar la retirada del pasaporte a Begoña Gómez me parece improcedente cuando no extravagante. Alegar que los agentes de la Policía Nacional que escoltan a la mujer del presidente pueden ayudar a esta a huir del país, bien por iniciativa propia o siguiendo órdenes de sus superiores, es proceder a un grave cuestionamiento de una básica institución del Estado a título preventivo, o sea, gratuito y sin que ese hecho se haya producido en ningún momento. El argumento no sería válido ni incluso en el caso de que los escoltas fueran de carácter privado porque iría en perjuicio de la profesionalidad de estos y de la empresa de seguridad que hubiera sido contratada para ese cometido. Dicho de otro modo, si el juez albergaba ese temor, debía actuar en consecuencia, pero habérselo callado. Bastante tocadas están ya las instituciones por el propio sanchismo para que abunde en esa desdichada práctica quien debe contribuir con una instrucción impecable a devolver a estas su prestigio.

Con esa alusión bananera, Peinado ha dejado tocada su propia instrucción y les ha brindado un material impagable a quienes han cuestionado esta desde su inicio. En su favor, hay que valorar el hecho de que no se ha despeinado hasta el punto de jugar la carta política. Y es que, si realmente existía ese riesgo de fuga, esta habría supuesto el final más efectivo de la actual legislatura. ¿Habría sido capaz Sánchez de mantener el tipo hasta 2027 con su esposa en busca y captura? ¿Nos ha privado Peinado del episodio más jugoso y rocambolesco de la etapa democrática española?