Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- PNV y Bildu pactan el blindaje del euskera en el empleo público
La reforma de la Ley de Empleo Público para blindar la exigencia de euskera en las OPE se aprobó ayer en el Parlamento vasco con los votos de PNV y la abstención pactada de Bildu. Se rompió así la unidad de voto de los socios de Gobierno. Y el PNV cambió al PSE por el principal partido de la oposición, o sea, por su principal rival. Markel Olano comenzó su intervención celebrando mucho el valor cuantitativo del pacto y recordándoselo a los jueces en términos de voluntad popular. Después reconoció que el acuerdo había causado tensiones en el PNV. Fue entonces cuando volvió a parecer que en Sabin Etxea queda alguien dispuesto a mantener la hegemonía. Mientras tanto, en Bildu tienen muy claro cómo conseguir la hegemonía y Pello Otxandiano no dejó de celebrar el acuerdo con el PNV en términos de ruptura de la política de bloques y entendimiento entre las tradiciones políticas del país, que ya no serían la nacionalista y la socialista, sino lo que el portavoz de Sumar definió como «la izquierda abertzale y la derecha abertzale».
La verdad es que tampoco es frecuente ver un abrazo del oso así, tan cerca, fotograma a fotograma. A favor de Pello Otxandiano, la sofisticación terminológica: el portavoz de Bildu no dialoga –qué sé yo, como Ibarretxe–, sino que «interlocuta». ¿Y en qué consiste el pacto alcanzado por PNV y Bildu? No se sabe, pero es inconcreto y dinámico, muy original. El PNV se olvida de la diversidad sociolingüística y permite que cada administración establezca sus propios baremos idiomáticos en el empleo público. Lo hace confiando en que no lleguen nuevos reveses judiciales. Pero llegarán, claro, y lo que consigue Bildu, además de una comisión de seguimiento, es que, cuando eso ocurra, el ‘plan B’ siga sus tesis y se base en el modelo catalán.
Da la sensación de que se están rompiendo consensos fundacionales, pero no hay que preocuparse porque el PNV y Bildu apelan a la prudencia y el pragmatismo. Por eso se miran al espejo catalán omitiendo, como si no existiese, un detalle de cierta importancia en términos de política lingüística: el catalán y el español son dos lenguas romances estrechamente emparentadas. En los mismos términos pragmáticos, el nacionalismo eleva ya a categoría indudable –toda oposición es por tanto fobia, odio, anatema– que una Administración bilingüe no es aquella que consigue atender al ciudadano en el idioma oficial que este elija, sino aquella en la que todos los funcionarios manejan obligatoriamente las dos lenguas.
Doblete sísmico
Lo que le faltaba a Venezuela era un terremoto y ayer el país caribeño sufrió dos. Devastadores y consecutivos, han afectado al norte del país, especialmente al estado de la Guaira, que está en situación catastrófica. Ayer por la tarde se contaban por centenares los muertos y por miles los desaparecidos. Donald Trump señaló a gran velocidad la gravedad del seísmo y advirtió de un abrumador número de víctimas. Un informe del Servicio Geológico de Estados Unidos ha proyectado una cifra entre diez mil y cien mil. «Mantengamos la unión para salvar vidas, lo primero es rescatar vidas», ha dicho Delcy Rodríguez, y es de pronto una declaración a la que no se le puede poner una sola objeción.
Los terremotos desencadenan la muerte y la destrucción y al mismo tiempo activan una cuenta atrás dramática: es en las primeras setenta y dos horas cuando hay más probabilidades de rescatar gente con vida entre los escombros. Que Venezuela fuese un país que ya necesitaba ayuda antes de la catástrofe complica la reacción ante el desastre y exige que la ayuda internacional sea veloz, contundente y efectiva. Trump garantiza la ayuda a sus «nuevos y grandes amigos» y en las redes sociales de Nicolás Maduro ha aparecido un mensaje llamando a «la unión nacional, la serenidad y el amor concreto». Doblete sísmico se llama lo que ha ocurrido en Venezuela: dos terremotos consecutivos de magnitud 7,2 y 7,5. También sirve, como se ve, para exponer lo que de derroche absurdo tiene siempre el sufrimiento innecesario.