- Ni Sánchez debería seguir gobernando ni hay razones políticas convincentes para prolongar una legislatura que ya no cuenta con la mayoría parlamentaria que la hizo posible; que carece de Presupuestos y que está atrapada en una espiral de corrupción
Negar la evidencia de la ciénaga corrupta en la que chapotea, cosa que hizo Sánchez en el Congreso esta semana, no sólo denota uno de sus muchos y acreditados síntomas psicopáticos sino la actitud de un desvergonzado caradura. Y eso explica la prepotencia, altanería y soberbia con la que se enfrentó a Feijóo y Abascal e incluso a la portavoz de Junts, instándola con chulería a presentar ya la moción de censura, para contrarrestar las denuncias y críticas sobre el estado de corrupción en el que tiene sumida a España desde que llegó a la Moncloa.
En Sánchez no hay penitencia que cumplir ni asunción de responsabilidad alguna en el hecho de que su persona de máxima confianza en el PSOE, en el Gobierno y brazo armado de la moción de censura, supuestamente regeneradora y moral con la que derribó a Rajoy, haya sido condenado a 24 años de prisión por corrupto. Por el contrario, convierte las críticas en imposturas y estímulos para negar la realidad y reafirmarse en su huida hacia adelante sustentada en el recurrente mantra del «y tu más», referido a las corruptelas del PP, como si los delitos de corrupción de los populares en el pasado, sustanciados judicialmente algunos, le compensaran y redimieran del muladar que enfanga a su familia, a su mentor ZP, al PSOE y al gobierno que preside.
No sólo niega Sánchez la corrupción generalizada, sino que culpa a los medios críticos de haber creado, en ese sentido, una sensación y un clima irreal, en otro alarde más de indecencia, cinismo y desfachatez, obviando los casos y causas que se investigan y los ocho procedimientos judiciales abiertos. Y con esa actitud, mientras se degrada la democracia y se deterioran las instituciones, pretende seguir hasta 2027 y más allá.
«¿Como no voy a continuar si España vive el mejor momento de los últimos 45 años?», afirmó el muy ególatra narcisista para justificar sus intenciones gráficamente expresadas, un día después, con el desdén y las risas con las que puesto en pie y aplaudiéndose a sí mismo mientras era ovacionado por el corifeo lanar socialista, saludó el resultado de la inédita votación del Congreso que por mayoría absoluta le pidió dimitir, convocar elecciones o someterse a una cuestión de confianza.
El hecho de que la votación mayoritaria de la cámara no fuera vinculante, ni tuviera validez jurídica porque la Constitución se hizo pensando en políticos con ética, conciencia moral y sentido del pudor, principios y escrúpulos de los que carece Sánchez, no resta trascendencia a su valor político residenciado en el principio que rige el funcionamiento de una democracia parlamentaria: la obligación de aceptar lo votado por la mayoría aunque joda. Con el desprecio y burla al Parlamento, Congreso y Senado, Sánchez ha acreditado una vez más su querencia autocrática y el escaso apego al Legislativo del que presumió hace tiempo de no necesitarlo para gobernar, e incluso poder hacerlo al margen del mismo. Cosa que demuestra una escasa convicción democrática y su cada vez más inquietante deriva iliberal.
Sin contar ya con la mayoría de investidura, la respuesta de Sánchez es la de intentar resistir indefinidamente en lugar de devolverle la palabra a los ciudadanos, como corresponde a un demócrata que no teme a las urnas y acepta, como dijo Abraham Lincoln, «que ningún hombre es lo bastante bueno para gobernar a otro sin su consentimiento», y mucho menos, añado, tras ridiculizar y burlarse de sus representantes en el Parlamento, respondiendo con aplausos y risas a una severa derrota como la que supuso la votación que mayoritariamente pidió su dimisión.
Ni Sánchez debería seguir gobernando ni hay razones políticas convincentes para prolongar una legislatura que ya no cuenta con la mayoría parlamentaria que la hizo posible; que carece de Presupuestos y que está atrapada en una espiral de corrupción. Resistir en el búnker monclovita , como pretende, constata su pulsión totalitaria y el miedo a perder el poder que le dejaría a la intemperie judicial y sin el paraguas del B.O.E. Por ello, su risa fue también nerviosa.
Prolongar el tiempo en estas circunstancias como un fin en sí mismo en lugar de aceptar la realidad es lo que convierte a Sánchez en un dirigente sospechoso y tal vez peligroso del que cabe dudar de sus valores y preguntarse sobre sus intenciones, hasta dónde pretende llegar y qué está dispuesto a hacer con tal de seguir en la Moncloa. De momento ya ha confirmado con sus gestos que burlarse de la mayoría del Congreso y ridiculizarla, cosa más propia de un autócrata que de un presidente respetuoso con las normas democráticas, no le acarrea ningún problema de mala conciencia por su reprobable conducta. Sánchez hace ya mucho que hizo efectiva para desgracia nuestra la genialidad de Castelao: nos mea encima y dice que llueve.