Mikel Buesa-La Razón
- Así que en eso estamos, ignorando que se necesitan políticas demográficas con visión de largo plazo y no parches para pobres
Ensimismados como estamos en esa algarabía que envuelve la corrupción en el debate público, en España hemos dejado de oír el fragor que produce la demografía al desvelar su ruina. Todo empezó hace muchos años, allá por los ochenta del pasado siglo, cuando, acompañando a un largo ciclo de crecimiento que apenas se vio interrumpido cuando los fastos del 92 y que alcanzó hasta la crisis financiera del año ocho, la natalidad fue descendiendo paulatinamente hasta hacerse menor que la mortalidad. Los avisos de quienes nos interesamos desde hace mucho por este asunto, no sirvieron para nada; y los poderes públicos de todo signo –en esto apenas hubo debate partidario– se escudaron en la falsa idea de que sería la inmigración la que lo arreglaría, desconociendo que la raíz cultural de las pautas natalicias propicia una rápida convergencia entre los de dentro y los de fuera. Así que llevamos ya unos cuantos años en los que ese desequilibrio entre los que vienen y los que abandonan este mundo está cercenando el magro crecimiento de nuestro nivel de bienestar y proyecta sobre el futuro un augurio de estancamiento. Además, se manifiesta con ascendente intensidad en la incapacidad de financiar las pensiones de las generaciones del «baby boom» –que se retiran del mercado de trabajo con un horizonte vital extenso– con las cotizaciones de los «millennials» y «centennials» que se incorporan a él. Por cierto, habrá que esperar a que transcurra el próximo cuarto de siglo para que este problema empiece a arreglarlo la biología. Y todo esto se agrava con otros problemas irresueltos como el de la vivienda, el alto nivel de desempleo o la baja productividad que frena el aumento real de los salarios. Así que en eso estamos, ignorando que se necesitan políticas demográficas con visión de largo plazo y no parches para pobres. Los países a los que les va mejor en esto han combinado la generalización de los subsidios familiares con un vigoroso gasto en escuelas infantiles públicas y gratuitas, acompañando a un potente sistema de reciclaje laboral para las mujeres que, conservando el derecho de reincorporarse a su empleo, temporalmente lo abandonan para atender la crianza de sus hijos. Tal vez debiéramos aprender de esas experiencias.