- Enhorabuena, señor presidente del Gobierno: comparte usted cosmovisión con los herederos políticos del terrorismo etarra.
Después de la comparecencia de este miércoles de Pedro Sánchez, tras la sentencia de José Luis Ábalos y Koldo García, me queda claro que hay algo más obsceno que alguien dispuesto a cualquier cosa para conservar el poder: los políticos que llevan años sosteniéndolo y siguen fingiendo, con admirable disciplina e incluso con cierto talento para la interpretación, que lo hacen desde la distancia moral de quien no tiene nada que ver con él.
Los socios de Pedro Sánchez hacen como ese cliente enfadado que amenaza con irse del restaurante.
Pero, eso sí: en cuanto se termine el postre y le paguen la cuenta.
El sanchismo, en su versión más depurada, ya no se parece tanto a una coalición parlamentaria como a un consejo de administración improvisado. Un órgano donde cada socio finge ser independiente mientras firma, sin demasiada resistencia, las actas que garantizan la continuidad del presidente.
Como escribió Robert Michels en Political Parties: «Quien dice organización dice oligarquía». Es casi poético que sea un gobierno de coalición de izquierdas quien le esté dando la razón.
Es Sumar exigiendo explicaciones contundentes como quien descubre, demasiado tarde, que la renovación del contrato incluía todas las cláusulas que decía haber rechazado.
«El problema no lo ha creado la oposición ni los socios, lo ha creado el Partido Socialista», le han regañado desde la tribuna de Sumar a Pedro Sánchez para luego no hacer absolutamente nada.
Es Junts amenazando con retirar su apoyo al Gobierno exactamente igual que yo amenazo con apuntarme al gimnasio cada enero.
Junts juega a ser el inversor duro, al que no se la dan con queso. El que, como te habla en otro idioma y te obliga a llevar pinganillo, se cree que te está imponiendo sus condiciones.
Es el PNV expresando su «preocupación» número cuarenta y siete de la legislatura con la puntualidad de un boletín institucional.
De Patxi López no puedo ni hablar sin que se me atragante la vergüenza ajena.
En paralelo, Gabriel Rufián habita una suerte de estoicismo, interrogando el sentido de la legislatura como si la pregunta no interpelara también a quien la formula. «¿Aguantar para qué?», se cuestiona, como Platón en la caverna.
Ole nuestro filósofo de guardia, siempre atento. Como si la pelota sobre la continuidad de Pedro Sánchez no estuviera en su tejado. Mucho texto sólo para dejar claro que prefieres seguir aferrado a la silla, aunque la sombra que te ampare sea la de un sospechoso habitual.
Junts, ERC y el PNV han intentado presentarse como fuerzas autónomas que arrancan concesiones al Gobierno y han acabado firmándole la prórroga en La Moncloa al presidente.
«España nos roba», denunciaban los catalanes que se sentían oprimidos por el Estado Español. Y los políticos que ellos mismos auparon al poder cabalgando sobre ese lema podrán ahora decirles orgullosos que, cuando por fin encontraron al ladrón, decidieron nombrarlo socio preferente.
Tiene su gracia, en el fondo: los partidos que nacieron para combatir al Estado han acabado convertidos en los técnicos de mantenimiento del Gobierno de España.
Y así, quienes ya admiten abiertamente que la situación es insostenible, no cejan en su empeño por sostenerla. Nunca en la historia parlamentaria española tanta indignación verbal produjo tan pocas consecuencias prácticas.
Quizá esa haya sido la verdadera genialidad de Pedro Sánchez. No tanto la de constituir una mayoría parlamentaria, sino la de construir una comunidad de intereses donde nadie se atreve a tirar de la manta porque todos están agarrando una esquina.
El presidente consiguió convencer a un grupo de accionistas políticos para que invirtieran todo su capital ideológico en su proyecto hasta conseguir que la ruptura les saliera mucho más cara que la permanencia.
Y entonces sube las escaleras de la tribuna Mertxe Aizpurua, que fue condenada por enaltecimiento del terrorismo, y ampara a Sánchez bajo su ala. «Ven, presi, que te voy a explicar yo lo que está pasando», le ha venido a decir.
EH Bildu ha dicho todo lo que Sánchez todavía no se atreve a decir de manera directa, pero que en el fondo ha dejado muy claro que comparte: en España existe una conspiración de jueces, prensa y fuerzas de seguridad herederas del régimen del 78 que quieren hacer caer la democracia.
Enhorabuena, señor presidente, comparte usted cosmovisión con los herederos políticos del terrorismo etarra.
Ha sido muy clara Aizpurua cuando ha dicho que Bildu ve la legislatura de Sánchez como una «ventana de oportunidad».
Y tiene razón. La legislatura ha sido, sobre todo, la gran oportunidad de EH Bildu. Nunca antes había ocupado un lugar tan central en la política española. Nunca antes había condicionado con tanta naturalidad el rumbo del Gobierno. Nunca antes había visto cómo un presidente del Gobierno asumía como interlocutor privilegiado a quien durante décadas fue considerado el heredero político de quienes intentaron doblegar la democracia a tiros.
Es evidente que la principal perdedora del sanchismo es la sociedad española. Ha perdido en sus bolsillos, en su convivencia, en su confianza en la democracia.
Pero hay también un evidente ganador en medio del naufragio político que sufren todos los partidos: EH Bildu, a quien Sánchez ha legitimado y blanqueado con sus ansias de poder, sobrevivirá incluso al sanchismo que le abrió las puertas.
EH Bildu ha fagocitado la legislatura, la ha utilizado para abandonar definitivamente el rincón de la excepcionalidad política y ocupar el centro de gravedad de la mayoría parlamentaria. Ha dejado de pedir perdón para empezar a repartir certificados de legitimidad democrática. Ya no necesita justificarse, ahora es él quien juzga a los demás.
Mientras Sumar desaparece, Podemos se consume, ERC se desangra electoralmente, Junts vive pendiente de un solo hombre y el PSOE se desgasta intentando sobrevivir un día más, EH Bildu sigue creciendo. Es, probablemente, el único socio para el que estos años de sanchismo han sido una extraordinaria inversión política. Presidentes de honor del consejo de administración del sanchismo.
Se preguntaba una vez el presidente cómo le recordaría la historia: como aquel que dejó de negociar con ETA para dejarse seducir por sus cantos de sirena. Y esa normalización, más que cualquier decreto, será probablemente la factura histórica más difícil de saldar.