Guillermo Garabito-El Español
  • Las últimas horas del Gobierno consisten en perseguir cualquier cosa que huela a limpio y le pueda recordar al ciudadano que vivir avergonzado de su clase política no debería ser una opción.

Ser presidente de España, hasta hace no tanto, conllevaba un prestigio casi sagrado. La democracia que se entregaron a sí mismos los españoles, como el fuego de los dioses, era la joya del patrimonio nacional, por encima de la Granja de San Ildefonso y casi a la altura de El Quijote.

Ningún presidente honrado se habría atrevido a jugar con ella porque, si hay aventuras complejas en la historia de España, de la Reconquista al descubrimiento de América, pasando por Granada y la Controversia de Valladolid, la democracia de 1978 no es una hazaña menor.

El problema del poder es que nunca es suficiente.

Por eso sólo se les solía confiar a gente probadamente honrada hasta hace no tanto, aunque nos parezca un mundo entero ya.

Porque la inercia del poder consiste en estirarlo, como un chicle, a ver hasta dónde da de sí.

No ha cambiado nada el hombre desde que lo describieron los griegos y los romanos. Ni la vida consiste en otra cosa que en una lucha constante para no ser esclavo de tus instintos y de tus bajezas.

Desde que sacamos la democracia del concesionario, flamante y con olor a nueva, no ha dejado de perder valor. No tiene tantos kilómetros y sin embargo el PSOE la está vendiendo por pieza en el desguace internacional.

Tal vez porque desde que ser expresidente de España es pasearse por los juzgados acusado de reírte de los españoles, de aprovecharte del hambre de los venezolanos y de hacerle favores pagados a todos los sátrapas del mundo, la democracia está para mirar una nueva y volver a empezar.

Una democracia no sólo debe serlo, sino también parecerlo. Y desde que a Pedro Sánchez (como antes a su mujer, a su hermano, a sus dos números dos) le ronda la imputación, sus socios y la oposición le piden la dimisión mientras él se ríe atrincherado en la Moncloa.

Digamos que esto parece de todo menos la democracia ejemplar que envidiaba medio mundo durante la Transición.

Las últimas horas del Gobierno consisten en perseguir cualquier cosa que huela a limpio y le pueda recordar al ciudadano que vivir avergonzado de su clase política no debería ser una opción. La idea es que si todo parece un lodazal, si todo parece lo mismo, ellos no son el problema.

Lo más urgente para la democracia española, más que evitar la legalización de más de un millón de ilegales para condicionar el voto de las siguientes elecciones (sin revisar antecedentes), más que volver a tener una política internacional seria que no consista sólo en estar del lado de los regímenes autoritarios que aplauden a Sánchez, es volver a tener un presidente honrado.

El que sea, pero honrado.

Hace tiempo que los españoles saben del candidato lo que el candidato dice de sí mismo en prime time, poco más. Y por lo que sea, a Pedro Sánchez contar lo de las saunas de Sabiniano se le olvidó. No le quedaba bien en el currículum para ser presidente del Gobierno poner que había sido becario en el negocio de su suegro, que tiene que ver poco con las saunas y más con la prostitución.

Para esto ha quedado la presidencia.

Ser presidente era otra cosa más alta que intentar asegurarte tu propio futuro económico de por vida. Y el de tu hermano, y el de tu mujer, y el de tus amigos, y el de tu secretaria, y el de cualquiera que te ayude a seguir en el poder.

Tenía que ver con el bienestar de los españoles y de las siguientes generaciones.

Tenía que ver con España y no con uno mismo.

Sánchez saldrá. El problema es que su forma de gobernar queda ahí.