- No se indignen, es parte del ritual fúnebre de alguien que sabe ya que su castigo estará a la altura del daño provocado
En Pedro Sánchez se acumulan razones, sospechas, indicios y pruebas para una imputación múltiple que preludie una condena por cualquiera de los delitos que, con su dirección, participación, acción u omisión, le han beneficiado. Por eso se ríe y se aplaude a sí mismo cuando el Parlamento, durante un momento, deja de ser una mafia y se parece un poco a los españoles y vota para que se marche.
Es chulería poligonera, como todo en un personaje zafio de saldo, pero sobre todo es miedo: el cortafuegos que se ha creado con nuestro dinero para secuestrar la democracia, asaltando el Estado con ínfulas de bandolero en Sierra Morena, no le va a ser suficiente.
Esta semana ha querido Pequeño Dictador que hablemos de Peinado y no de Begoña; de Aldama y no de Ábalos y de la filtración de los mensajes de Zapatero y no de su brutal contenido, pero no lo ha logrado ni en la calle ni en los medios serios ni en los juzgados. Lo que evidencia que, pasito a pasito, hay un Estado de derecho que no deja de funcionar pese a la ofensiva contra él desde el Gobierno, un caso inédito en latitudes distantes de las coordenadas caribeñas.
Todo un presidente conspirando contra la democracia, poniendo a la Fiscalía General del Estado y a la dirección de la Guardia Civil al servicio de una cloaca que compra audios grabados en los prostíbulos, intenta «matar» al jefe de la UCO, pergeña montajes contra jueces y fiscales y se financia y dirige desde el partido del Gobierno, con el único objeto de salvar a Sánchez y a los suyos de las consecuencias penales de sus actos.
Pero resistimos. Peinado no ha dejado de retirarle el pasaporte a Begoña Gómez, cuya resistencia a cumplir la petición judicial sugiere poca confianza en la legitimidad de sus viajes. El Supremo no ha dejado de condenar a la élite socialista ni de reconocer la compensación legal a quienes colaboren en el desmembramiento de La Rosa Nostra. Y el juez Calama y la UDEF no han renunciado a avanzar en su trabajo, que ya nos ha permitido saber que Sánchez y Zapatero son lo mismo y que los ministros ponían alfombra roja a los intereses inconfensables de un caradura con balcones.
De todo esto se ríe Sánchez, pero es una risa nerviosa, forzada, artificial; un canto de un cisne desplumado que sabe cuál es su destino. Podrá agotar la legislatura, o no, pero ya no se librará de su destino, que le guarda un castigo de dureza proporcional al daño por él provocado a su país, sin prisas pero sin pausas.
Pedro se ríe como goza el macho de la mantis antes de perder la vida tras disfrutar con la hembra o un condenado con la última cena a su libre elección. El miedo se refugia en el disfraz del arrogante, pero no esconde la certeza de que su futuro ya está escrito y no pasa solo ya por una derrota electoral, la enésima, sino por enfrentarse personalmente a la evidencia de que es el capo de esta mafia, por mucho sincronizado que venga el imposible de que, el pobre, es en realidad la primera víctima y también el primero en reaccionar «con energía y contundencia».
Casi hay que agradecerle al Pequeño Pedro que regale estos momentos, de entrada indignantes, pero a poco que se reposen, magníficos: dificulta que hasta sus más contumaces forofos puedan decir que la respuesta a carecer de votos en las urnas, de escaños en el Congreso y de capacidad para legislar es un aplauso a sí mismo. Hasta para ser Kim Jong-un hay que tener un poco de clase y bastantes más fuerzas que este fraude engolado con los días contados.