- Veo el ambiente por mi barrio con la olimpiada gay y lo comparo con el que imperaba durante la visita del Papa y las conclusiones son evidentes
En la gran ciudad de Madrid no existe semana del Orgullo de la Tercera Edad, cuando los ancianos solos o mal cuidados suponen un lacerante problema de nuestro tiempo y cuando todos pasaremos por ahí si tenemos la fortuna de durar.
Tampoco hay una semana del Orgullo de la Familia, cuando es la fábrica de toda sociedad sana y próspera y cuando se encuentra ninguneada por los poderes públicos. Por supuesto la izquierda se inmolaría a lo bonzo en señal de protesta si se apoyase desde las administraciones una semana del Orgullo Heterosexual, aunque sigue siendo la opción harto mayoritaria en la sociedad (excepto en nuestra televisión de entretenimiento).
Sin embargo, con la llegada de este siglo y la escalada del ‘wokismo’ se ha instaurado la llamada semana del Orgullo Gay, unos festejos centrados en la exaltación de la homosexualidad.
Estoy a favor, como no puede ser de otro modo, de respetar la opción sexual de todas las personas (siempre que no incurran en aberraciones, ilegalidades o abusos). De niños, en mi clase del colegio, percibimos enseguida que había un par de compañeros de inclinación homosexual. Se trataba de su decantación natural, pero pude ver el sarcasmo, las faltas de respeto, el dolor por la vergüenza que se les hacía pasar. Todo eso resultaba cruel. Hay que aceptar siempre a las personas y su dignidad inalienable, como enseña la Iglesia, aunque su Catecismo condena las prácticas homosexuales.
Pero una cosa es dejar a los homosexuales en paz con sus vidas y otra es financiar con dinero público la promoción de esa orientación sexual, como si supusiese un plus sobre otra, y vender como lo más «cool» una olimpiada arcoíris que a poco que te des una vuelta por Chueca constatas que resulta bastante sórdida.
Por una causalidad, en un plazo de solo veinte días, Madrid se ha convertido en destino de muchísima gente atraída por dos citas harto diferentes: la visita del Papa y la celebración de lo que llaman el Orgullo. Las dos actividades han tenido su epicentro cerca de donde vivo. Podemos callarnos en nombre de la corrección política, pero la verdad es que las avenidas de Madrid muestran dos modos muy distintos de circular por la vida. Empezando por la asombrosa pulcritud y respeto a calles y plazas del que hicieron gala los millones de peregrinos del Papa, que contrastará con las toneladas de inmundicia que dejará la cumbre arcoíris.
O siguiendo, y esto es lo importante, por la radical diferencia de ambas propuestas. Las multitudes de León XIV eran buscadores espirituales, ávidos de escuchar el perenne mensaje de amor, perdón y redención de Jesucristo. Por el contrario, el llamado Orgullo ofrece un planteamiento hedonista y centra todo su mensaje en la identidad sexual, reduciendo a la persona a ello y olvidando su dimensión trascedente. En la práctica deriva en parte en una jarana promiscua, espoleada en sus horas tardías por la química y el bebercio, y con un reguero de micciones ácratas y pequeños incidentes que sufren los vecinos habituales de Chueca, muchos hasta las meninges del invento.
Como liberal de bolsillo, no creo que la Administración tenga que costear la fiesta de la homosexualidad y pagar campañas de anuncios promocionándola; existen prioridades mucho más acuciantes. Como amigo de la gran belleza, no veo comparación posible entre las genialidades de la música barroca de alabanza que iluminaron algunos oficios de León XIV y el chunda-chunda un poco petardo de las carrozas arcoíris. Y como persona que tiene amigos y conocidos homosexuales, puedo contar que muchos no soportan esto del Orgullo, pues consideran que lejos de dignificar a los gais los denigra presentándolos con unas caricaturas un tanto cutres.
Por supuesto, hoy en España está prohibido exponer todas estas realidades en voz alta. Hasta los políticos de derecha se pliegan al inventario mental de la izquierda y se atarán estos días la pulsera de colorines y petardearán un poco por Chueca al ritmo del Go West! No vaya a ser que Mónica García, Óscar López y Reyes Maroto, todos ellos heterosexuales, los tachen de energúmenos de la fachosfera