Juan Carlos Girauta-El Debate
  • Los políticos desastrosos y/o corruptos necesitan un voto hincha, no razonado; de ahí que fomenten la trifulca pura, insultante, vociferante y huera en el Congreso de los Diputados

Culpamos a siglas cuando deberíamos culpar actitudes. Algo comprensible si bajamos mucho el listón de nuestras expectativas, si esperamos muy poco del ciudadano medio. Tratar los problemas solo desde siglas permite que todo el mundo tenga una opinión sin necesidad de conocer los méritos y deméritos de cada cual, si tienen o no un proyecto, qué políticas públicas nos proponen. Más concretamente, permite la percepción de lo político en términos futbolísticos, y un tratamiento consecuente con ello: soy de este club, soy de este partido. Se sienten los colores, consiento el juego sucio de los míos, uno es de su club para toda la vida haga lo que haga, etc. Esto no es alarmante en votantes jóvenes, entre los dieciocho y los veintitantos. La razón es que el joven podrá sentir todo lo anterior, pero es capaz de cambiar de actitud ante argumentos diferentes, lecturas, aprendizaje de la experiencia, esas cosas. El tipo hecho y derecho, y escojo la expresión porque parece positiva, es un desastre a la hora de aprender. No priorizo razones. Seguro que el asunto es multicausal: de la menor plasticidad cerebral al efecto avestruz, del mimetismo con el entorno al crudo interés (el crudo interés adopta formas conscientes de generosidad, no de mezquindad).

El lector atento se habrá anticipado al principal problema que plantea tratar la política como el fútbol: este es un juego de suma cero. Los intentos de crear un fútbol donde todos ganan, una vieja aspiración de los maestros woke, solo los deja satisfechos a ellos. A los chavales les enoja, los frustra, les niega su naturaleza y la diversión, les enseña desmotivación y les capa el sentido del mérito. Todo lo bueno de los juegos de suma cero sigue siendo bueno en cualquier deporte. Como dicen, todos son de competición; en último extremo, contigo mismo. Cuando se salta del juego al mundo real, las situaciones de suma cero existen y es importante –fundamental, diría– identificarlas. Pero reducir las inagotables cuestiones que se plantean en la gestión de la cosa pública a una colección de siglas, escoger unas para tener «equipo» y defender su camiseta toda la vida (a base de gritos, como un hincha) es un hábito catastrófico. Mentes formadas se convierten en eco; las otras, ni te cuento.

Podríamos olvidar el problema, decirnos: nosotros a lo nuestro, y el que lo desee, que se siga rebozando en la nada, que al fin y al cabo tampoco hacen daño a nadie las charlas de apariencia política (ocultamente futbolísticas) de barra de bar. Ese millón de charlas. Bien, esto choca con dos problemas. De menor a mayor: casi todas las tertulias o debates políticos televisivos imitan las charlas de barra de bar y se convierten en broncas sin lección; por eso resultan insoportables, salvo que goces hozando. Dos, los políticos desastrosos y/o corruptos necesitan un voto hincha, no razonado; de ahí que fomenten la trifulca pura, insultante, vociferante y huera en el Congreso de los Diputados.