Francisco Rosell-El Debate
  • Sánchez está resuelto a hacer saltar las urnas con esa explosiva carga de votantes oriundos con los que quiere pasaportarse su impunidad y la de quienes roban todo lo que tocan. A este fin, pretende certificar, como en el adagio latino, que «el pueblo quiere que le engañen»

Cuando la trama mafiosa de la SEPI, el holding empresarial del Estado y tenedor de sus acciones en compañías privadas, puede darle cien vueltas a la macrocausa de los ERE con su recua de acusados encabezados por tres expresidentes, dos de los cuales –Vicente («L’amoroso») Fernández y Belén Gualda– son hijos políticos de quienes consumaron el hasta ahora mayor fraude en una administración pública y que arribaron a la sociedad estatal amadrinados por la exvicepresidenta María Jesús Montero, quien puede ser procesada culminando su caída en desgracia al deambular de ser la mujer «con más poder de la democracia» a amarrarse al duro banco de la oposición andaluza tras desterrarla Sánchez a galeras y cosechar el peor bagaje electoral del PSOE…

Cuando la secretaria del antaño referente moral socialista Zapatero, la imputada Gertrudis Alcázar, fría y calculadora como el personaje de la señora Danvers en la «Rebeca» de Hitchcock, se cierra en banda en el Senado, como aquella ama de llaves de los secretos inconfesables de la mansión de Manderley, para proteger a su joya de expresidente tras devenir en un avariento impostor con el dinero procedente del lado más turbio de la política…

Cuando la Guardia Civil revela cómo se manipularon los expedientes administrativos para favorecer las adjudicaciones públicas al recomendado Barrabés, quien le montó a Begoña Gómez el Máster en Transformación Social Competitiva en la Universidad Complutense, y cómo el marido de ésta satisface el pago de la sede gratis a la Organización Mundial de Turismo comprometido en 2019 con su secretario general, el georgiano Zurab Pololikashvilil, hoy parte de los chanchullos de ZP, a cambio de apadrinar los negocios de su cónyuge sufragados por Javier Hidalgo, copropietario de Air Europa, por medio de la filial Wakalua para engrasar el rescate de la aerolínea…

Cuando la cuerda de inculpados es más larga que la de diputados con sólo principiar la catarata de sumarios de una sistémica corrupción inverosímil sin el sostén del «P.S.» de las agendas de la cloaca máxima de La Moncloa, cuya inmensidad reduce a la insignificancia a la que drenaba los detritus en la Antigua Roma…

En suma, cuando no hay hoja del calendario que se salde sin incriminados que involucran a un presidente del Gobierno al borde de la imputación, el Ilegítimo que no acata la resolución de dimisión de las Cortes adopta aquel orgullo prototípico de don Rodrigo [Calderón] camino de la horca tras defenestrarlo Felipe III «en nombre de la moralidad administrativa, política y económica». Corroborando como idénticos delitos pueden tener diferentes consecuencias, aquel marqués de Siete Iglesias corrió inferior suerte que el valido real, el Duque de Lerma, quien mercadeó el cardenalato para no ser ahorcado.

Ante ese alud judicial, el ladrón de urnas que fue Sánchez en las primarias socialistas de 2014 y de 2017, así como en su frustrado pucherazo de 2016 para no ser desalojado de la secretaría general, perpetra otro órdago a la grande para compensar su carestía de sufragios, al mermar los propios y comerse el fondo de reserva de sus socios, salvo Bildu, tras parasitar el programa de Pudimos del que aseveró que le causaba insomnio. Para este empeño, el vivales Sánchez ha pergeñado de cara a la madre de todas las batallas un gran reemplazo de electores cuasi en los términos que prefiguró Bertolt Brecht, pero sin atisbo de ironía, en su poema contra la represión de la Alemania comunista a la revuelta de 1953. Replicando a un pasquín oficial, el dramaturgo versificó: «El pueblo, leemos, / ha perdido por su culpa la confianza del gobierno/ y sólo redoblando sus esfuerzos/ podría recuperarla. / ¿No sería entonces más sencillo/ para el gobierno/ disolver al pueblo/ y elegir otro?».

De no frenarse el pufo, tal como la regularización exprés de emigrantes que podría contravenir la legislación de la UE a juicio del Tribunal Supremo o el DNI digital que paralizó la Junta Electoral Andaluza por su nula fiabilidad, ‘Noverdad’ Sánchez, acorde al manual de resistencia de la satrapía venezolana, anhela enfeudarse con la trampilla urdida para aplicar por domo sua la disposición adicional 8ª de la Ley 20/2022 de Memoria Democrática. Así, se permitirá votar a los descendientes salidos de España entre el 18 de julio de 1936 y el 31 de diciembre de 1955 a través de esta norma que cabe apodar de «ley de tataranietos». Para más inri, estos votos se asignarán a la provincia que le pete al Gobierno pudiendo ser determinante en pequeñas circunscripciones. De hecho, como anticipo, pese a sus batacazos en Extremadura, Aragón, Castilla y León, y Andalucía, el PSOE fue el más votado en el exterior. De esta guisa, sufragistas que no han puesto un pie en España ni tampoco tributan en ella, establecerán el inquilino de La Moncloa exentos de sus efectos poniendo el océano de por medio.

A expensas de la resolución final sobre las 2,6 millones de solicitudes, tal cupo supeditaría el veredicto electoral como, en la década de 1960, dilucidaba quién se alzaba con la Liga al legalizarse trapaceramente a los «oriundos» (peloteros sudamericanos originarios de España), cuya colosal estafa suscitó chistes como el del futbolista que, al aterrizar en Galicia, manifestó que «mi abuelo nació en Celta de Vigo».

Al prohibirse fichar extranjeros en la temporada 64-65 tras el fiasco mundialista, los clubs buscaron suplirlos con nietos de emigrados a Hispanoamérica importándoles un pito si tenían menos papeles que una liebre. En el estraperlo, descolló Paraguay, cuya gobernatura dispensó partidas de cuna a jugadores de su país, así como de Argentina o Uruguay, para que figuraran como «oriundos». Como confesó un truchimán, las cédulas se falsificaban por mil dólares y el cónsul español las validaba en 48 horas al ser «cuestión de aceite», esto es, «cuanto más aceite más rápidamente marchaba el carro». De ahí el oportuno aviso de la presidenta madrileña Ayuso a cónsules y funcionarios sobre esta operación de ingeniería electoral del PSOE que, en febrero de 1936, dio un sonoro pucherazo tras amenazar Largo Caballero, el «Lenin español», con que, «si triunfan las derechas, tendremos que ir a la Guerra Civil».

Ante las denuncias de esta fechoría, Sánchez se hace el ofendidito. Como cuando trascendió la conversación de su mano derecha, Santos Cerdán, con el aizcolari Koldo García. A aquel «cuando termine apuntas como que han votado esos dos que te faltan sin que te vea nadie y metes las dos papeletas» respondió: «Me decepciona muchísimo… pero las garantías y la limpieza de ambos primarias son totales…». Empero, de los «dos que te faltan» de 2014 al «mete los de los cuatro rumanos» de 2017, Sánchez está resuelto a hacer saltar las urnas con esa explosiva carga de votantes oriundos con los que quiere pasaportarse su impunidad y la de quienes roban todo lo que tocan. A este fin, pretende certificar, como en el adagio latino, que «el pueblo quiere que le engañen» («Vulgus vult decipi») usando sus medios al servicio de su manipulación y engaño.