Carlos Souto-Vozpópuli
- La base, en democracia, no es la Constitución que se cita en los discursos. Es el censo.
Cuando a un gobierno le va mal, democráticamente hablando, tiene dos caminos: aceptar la alternancia o empezar a tocar la cerradura desde adentro. La primera opción se llama democracia. La segunda suele presentarse con palabras más nobles: memoria, integración, ampliación de derechos, reparación histórica, igualdad, progreso. El envoltorio cambia. La operación, no tanto. Si el voto que existe ya no alcanza, hay que buscar otros votos. Y si el votante de siempre se cansa, se fabrica un votante nuevo.
España, que durante siglos exportó idioma, apellidos, misas, funcionarios, nostalgias y bisabuelos, ha descubierto ahora que también puede importar electores. No exactamente electores: españoles repentinos. Españoles por expediente, por abuelo, por carpeta, por cita consular, por ese documento milagroso que en medio mundo se pronuncia con la misma ansiedad con la que antes se pronunciaba “visa americana”. El pasaporte español no es una libreta roja. Es una llave. Abre Europa, suaviza fronteras, cambia colas en aeropuertos, permite entrar donde otros esperan, convierte un apellido oxidado en una oportunidad contemporánea. Y claro, donde hay una llave, hay alguien calculando cuántas puertas puede abrir.
No es que los nietos de españoles hayan aparecido ayer debajo de una baldosa. En Buenos Aires, en La Habana, en Caracas o en Montevideo siempre hubo sociedades españolas, centros gallegos, casas asturianas, peñas andaluzas, romerías, gaitas, empanadas y papeletas del Partido Popular enviadas con entusiasmo casi parroquial. La diferencia es que antes se hablaba con españoles. O con hijos de españoles. Ahora se habla con nietos, que en algunos casos, recuerdan a España como se recuerda una historia contada a medias después del postre.
¿Memoria o base de datos?
El problema no es reconocer derechos legítimos. España tiene una deuda real con muchas familias expulsadas, partidas o trituradas por su historia. El problema es convertir esa deuda en una cantera electoral. Porque cuando la reparación se administra con calendario político, deja de parecer justicia y empieza a oler a contabilidad. No se pregunta solamente quién tiene derecho a ser español. Se pregunta, además, quién cree el Gobierno que votará el nuevo español. Ahí la memoria democrática empieza a sonar menos a memoria y más a base de datos.
Hay otro filón: la inmigración que entra por necesidad, desesperación o simple cálculo de supervivencia, y a la que el Estado decide no ordenar sino metabolizar electoralmente. España puede y debe integrar. Lo que no puede es fingir que integrar consiste en repartir papeles, empadronamientos, ayudas, relatos de culpa y futuros votos. Un país no se sostiene sólo con compasión administrativa. Se sostiene con ley, límites, cultura común y cierta idea compartida de lo que merece ser conservado. Sin eso, el refugio se convierte poco a poco en barrio peligroso.
También existe una tercera vía más doméstica: contratar Estado. Crear nóminas, dependencias, organismos, observatorios, asesorías, direcciones generales, planes, cursos y toda esa arquitectura acolchada donde familias enteras no votan exactamente por convicción, sino por prudencia. El empleado público, su pareja, su hijo, su cuñado opositor, el proveedor, el amigo que espera una plaza, el conocido que teme perderla. Medio país no necesita militar en el PSOE: le alcanza con intuir que su estabilidad depende de que nada cambie demasiado.
El timo del príncipe nigeriano
Así se altera una democracia sin romper ninguna urna. No hace falta un tanque en la calle ni un general con gafas oscuras. Basta con modificar la composición del cuerpo electoral, administrar identidades, multiplicar dependencias y presentar cada movimiento como una conquista moral. Es el troyano perfecto: entra con papeles correctos, sello oficial y lenguaje humanitario; una vez dentro, cambia el sistema desde la base. Y la base, en democracia, no es la Constitución que se cita en los discursos. Es el censo.
El viejo timo del príncipe nigeriano era más honesto. Al menos decía claramente que había treinta y cinco millones de euros esperándote si primero mandabas cinco mil. Había que ser muy tonto para creerlo. Aquí el correo es institucional, viene con membrete, habla de derechos y memoria, y promete algo todavía mejor que dinero: continuidad en el poder. Sólo hay que pagar con una cosa pequeña, casi invisible: la limpieza del juego.
Por eso la pregunta no es cuántos nuevos españoles habrá. La pregunta es a cuánto se está cotizando el pasaporte. Y, sobre todo, quién lo está pagando.