- Pequeños niños, no desoigáis el prudente consejo de este anciano: huid siempre del hombre de los caramelos, del muñecón con sonrisa tallada a punta de navaja. Y si podéis meterlo en la cárcel, hacedlo. Es el lugar natural de quien trafica con bondades
Solo un muy malo o un muy, muy tonto –o a la vez ambas cosas, que son perfectamente compatibles– puede a sí mismo proclamarse bueno. Solemnemente bueno.
Es lo odioso en Zapatero. Hubo gente que hizo cosas bastante peores que él en su partido, ese PSOE, partido nuevo que fue inventado en 1975 por el dinero de Willie Brandt y del Departamento de Estado norteamericano. Hubo homicidas, hubo asesinos, hubo secuestradores, hubo torturadores… Eran los años que nadie quiere recordar: años de Felipe González, de Barrionuevo-Vera y de los GAL. Ladrones, los ha habido siempre, desde luego. PER, o Filesa, o ERE son epítome de eso a lo que se llamó socialismo en España después de la Transición. No hay grandes diferencias ahí. Y ni siquiera nos escandaliza ya. Lo juzgamos tan regular como las tormentas en agosto. Se robó bajo Felipe González, se robó bajo Rodríguez Zapatero. Sánchez, sencillamente, batió el récord. Y todo el mundo conoce –o debiera conocer– el consejo de Maquiavelo a su Príncipe: «… Y cuando sea necesario proceder contra la sangre de alguno, hágalo… Mas absténgase, sobre todo, de robar las propiedades ajenas. Porque antes olvidan los hombres la muerte de un padre que la pérdida de un patrimonio».
¿Qué distingue de sus iguales al hombre que dijo salir de la política para convertirse en «contable de nubes»? En lo esencial, sus predecesores –y aún más su sucesor– fueron grandes virtuosos del cinismo. Es difícil dar con algo de lejos comparable en la materia a Felipe González. Que no lo disimuló nunca: al menos, esa virtud tenía. En cuanto a Pedro Sánchez, sus maneras de doctor ficticio y esas risotadas suyas, como de dibujo animado, parecen una mala caricatura de los más exagerados personajes en películas de gánsteres. Bueno, supongo que algo acaba por pegársele a uno en la familiaridad del negocio-sauna.
Lo que hace único a Rodríguez Zapatero es el haber sido igual de pésimo que todos ellos y más quizá que cada uno, sin renunciar a un átomo de su emética melaza de hombre más bueno del universo mundo. ¡Ah, aquel cantarín lema socialista de «dar mucho y no recibir nada»! ¡Ah, aquella preciosidad del «amor por el bien, ansia infinita de paz y de mejora social para los humildes»! ¡Qué ternura en la evocación de este presente en el que «nunca en la historia se vio tanta gente viviendo en paz, en libertad, en condiciones de bienestar. Y eso pudo acaecer porque hubo millones de personas en todo el planeta que les dijeron a los conservadores que un mundo mejor era posible…»! A eso llamaba una iletrada empleada suya, que, como tantos, hizo de la bondad fortuna, «una conjunción planetaria». ¡Y qué menos!
Cuando mis hijas eran muy pequeñitas –allá en otro muy, muy lejano milenio–, solo recibieron de mí una estricta admonición moral. Dogmática, si se quiere. «Los buenos», hijas, «son los malos». Los paladines de la bondad son pésima gente. No hay excepción a esa vomitiva constancia. Cuando un señor de sonrisa cincelada en estuco relamido se os presente como encarnación humana de la bondad infinita y se ofrezca a regalaros un bomboncito, salid corriendo. Y no paréis hasta haberos perdido en el más lejano horizonte.
Pequeños niños, no desoigáis el prudente consejo de este anciano: huid siempre del hombre de los caramelos, del muñecón con sonrisa tallada a punta de navaja. Y si podéis meterlo en la cárcel, hacedlo. Es el lugar natural de quien trafica con bondades.