- «…Su aparente ausencia en el inventario sugiere la existencia de una posible segunda caja fuerte. ¿No?»
El asunto de las joyas de la caja fuerte del despacho de José Luis Rodríguez Zapatero sigue siendo lo que más daño le ha hecho hasta ahora. Y fíjense en que Pedro Sánchez sigue manifestando su apoyo a su ideólogo, con más o menos intensidad, pero no ha hecho ni la más mínima referencia a los joyones. Porque, como ya he dicho y no me cansaré de repetir, nada hace tanto daño, nada es tan fácilmente comprensible por el común de los mortales como las joyas que Gertrudis no quería que encontrara la Policía. Por razones evidentes, como vemos ahora. Para un ciudadano de a pie, entender las comisiones por venta de petróleo venezolano o el asentamiento de Huawei en España, cuando es una empresa tóxica en el resto de Occidente, es un concepto un poco complicado. Pero hasta el más zote de las personas que todos conocemos —y, por desgracia, todos conocemos más zotes de los que quisiéramos— sabe que lo de las joyas pinta mal. Muy mal.
Un muy querido amigo, militante de Vox desde hace años, me mandaba hace unos días este mensaje: «Al hilo de lo de las joyas, no te parece raro que en esa caja fuerte no se hayan encontrado las condecoraciones, nacionales y extranjeras, que a lo largo de sus ocho años de presidencia le concedieron a Zapatero. Por algunas que tenemos en casa, la mayoría son de oro o de vermeil con esmaltes (alguna con brillantes) y lo lógico es guardarlas con las cosas de valor. Su aparente ausencia en el inventario sugiere la existencia de una posible segunda caja fuerte. ¿No?»
Este mensaje me ha hecho pensar. Es cierto que la mayoría de las veces que algún Gobierno te otorga una condecoración, te la compras tú. Aunque aclararé que a mí solo me han dado una, Hungría en tiempos de Orbán, aunque fue su presidente quien me la otorgó, y me regalaron todo: condecoración y miniatura. Yo no tuve que poner un céntimo. Pero yo no soy más que el último de la fila. Aquí estamos hablando de las condecoraciones que un Gobierno entrega a otro Gobierno. Y esas no pueden ser de bisutería. Por cuestión de orgullo nacional de quien condecora al mandatario de otro país, tienen que ser joyas de la máxima calidad.
Es evidente que Rodríguez Zapatero no tenía ni una en su caja fuerte de Ferraz. Y sabemos que el juez Calama no quiso entrar en su domicilio. Quizá por prudencia y para limitar el escándalo. Pero es perfectamente legítimo pensar que Rodríguez Zapatero tuviese otra caja fuerte en su domicilio. Ahí podrían estar las condecoraciones de diferentes valores que haya acumulado a lo largo de ocho años —no tengo el dato, pero debe de haber muchas, muy buenas— y podría haber otras joyas. Supongo que eso ya no lo sabremos nunca porque, si el juez decidió no entrar en el domicilio, esas pruebas pueden haber desaparecido.
Lo que sí sabemos es que a día de hoy las joyas son la mayor losa sobre Rodríguez Zapatero. Cómo será que, a pesar de la gravedad del delito, el Gobierno se niega a fijar posición sobre si Hacienda debe hacer algo o no. Y tuvieron los bemoles de decirnos eso el 30 de junio, precisamente el día en que el Ministerio de Hacienda nos clavó el rejón a la inmensa mayoría de los españoles.
Lo de las joyas pintó fatal desde el primer minuto. Pero, reconózcanme que cada vez pinta peor.