Luis Ventoso-El Debate
  • ¿Quién dio la orden de montar una trama de guerra sucia para proteger al PSOE y al entorno del presidente del Gobierno?

Un grupo de magnates preocupados por la situación de España decide que es tiempo de echar un ojo imparcial sobre la crisis de corrupción. Para ello, acuerdan convocar al mejor detective del mercado, que tendrá que responder a una sencilla pregunta: ¿Quién organizó la trama de las cloacas del PSOE? ¿Quién dio la orden?

La primera opción que barajan es, por supuesto, el legendario Sherlock Holmes, con su infalible método deductivo. Pero en los últimos tiempos se le ha ido la mano con los opiáceos y ya solo sale de sus apartamentos de Baker Street para comprar su ejemplar de The Times o cuerdas para el violín.

Alguien propone al sueco Kurt Wallander. No sirve. Demasiado parsimonioso y melancólico. El policía parisino Jules Maigret es muy competente, pero está mayor, al igual que Miss Marple, que ya solo se levanta para jugar al bridge. Hay opciones locales, como Pepe Carvalho, pero lo desvirtúa su politización. También existe la posibilidad de llamar al Padre Brown, el genio chestertoniano, pero los casos cosmopolitas le aburren, prefiere enfrentarse a los misterios de su parroquia de la campiña.

Finalmente surge el nombre inevitable, que concita una inmediata unanimidad: Hércules Poirot, el inteligentísimo detective belga, el dandy de los bigotes encerados y las poderosas células grises. Él se encargará del caso Ferraz. Él destapará la X.

Poirot llega a Madrid (tarde, porque se ha subido a un AVE de Óscar Puente), e inicia de inmediato su investigación. Sus patrocinadores piensan que tardará días, o incluso semanas, en desvelar el enigma. Sin embargo, los sorprende y los cita para la mañana siguiente en un salón del Four Seasons, donde les anunciará la solución al Misterio de la Cloaca.

Llega la hora de la cita. Una docena de personajes, todos ellos ilustres de la vida española, esperan repantigados en sus sillones la respuesta del genio belga al que han contratado. El pequeño Poirot, con una flor anaranjada en el ojal de su traje crema de tres piezas, los mira divertido, irónico, e inicia su exposición con una pequeña reconvención: «Creo que han despreciado ustedes mi talento, porque este caso era demasiado sencillo como para que se tengan que ocupar de él las células grises del gran Hércules Poirot».

Hecha la ególatra advertencia, Poirot pasa a exponer sus conclusiones. «Hechos, queridos amigos. En este caso no hay más que mirar los hechos y unir los hilos que los relacionan, pues aquí todo pasa al final por la misma mano. Esta historia comienza cuando un mandatario de carácter extremadamente irascible, y de un ego que incluso supera al mío, se enoja horriblemente ante la imputación de su esposa y escribe una carta al pueblo anunciando que se retira de la vida pública durante cinco días».

«Bueno, vaya descubrimiento. Eso ya lo sabemos y no quiere decir nada», rezonga un veterano desde la audiencia. «Discrepo, mon ami –lo frena Poirot–, porque con el inicio del retiro del líder es precisamente cuando comienza la trama de guerra sucia política. Ustedes la denominan, por cierto, con una expresión muy graciosa, las cloacas, la merde. ¿Y quién se puso a revolver la merde? Pues el secretario de Organización del partido del líder, que contrata para esa operación a una militante que había ocupado cargos directivos en dos empresas públicas bajo gobiernos socialistas».

Una mujer de la audiencia interrumpe a Poirot: «Por favor, si esa tía era una chiflada, una excéntrica… No era nadie». El detective retoma su exposición: «Una chiflada que tuvo acceso al jefe de la maquinaria del PSOE, a la presidenta del partido, a la Fiscalía, al presidente de la SEPI, a la directora general de la Guardia Civil. Una chiflada que llevó a cabo 22 reuniones en Ferraz. Una chiflada que mantenía una estrecha relación con la presidenta del PSOE y que se reunió con quien era el director adjunto del Gabinete del Presidente del Gobierno. Además, ella se refería a un altísimo superior que estaba al tanto de todo, al que llamaban el One, o al que se referían por las iniciales de P.S.».

Poirot se atusa los bigotes y mira a su público con cierto aire de desprecio intelectual: «En realidad que no sé por qué me han llamado, queridos amigos. Lo que ha pasado en este caso lo ve al minuto el más espeso de los escolares. Lo que ha ocurrido es evidente. Está ahí a la luz: el mandatario dio a su partido la orden de organizar una célula para frenar las investigaciones sobre su familia y miembros de su organización política sospechosos de corrupción. P.S. es simplemente… PS. ¡Voilá! Y a poco que funcionen la Justicia y la Policía de su país, más pronto que tarde esto que yo les adelanto se acabará probando en tribunales y dicho caballero, llamémosle así, disfrutará de una temporada a la sombra, por animar un caso de guerra sucia política contra los agentes de la ley. Por cierto, perpetrado además de la manera más chapucera, cuando hasta para delinquir hace falta un poco de arte».

Poirot se cala su sombrero hongo y abandona la estancia con aire altivo y un pensamiento triste en la mente: «Mon Dieu, ¡qué presidente tiene esta pobre gente! Un aventurier aux commandes».