José Alejandro Vara-Vozpópuli

  • Caudalosos torrentes de cabreo recorren a estas horas los ánimos de los guardias, a las órdenes de mandos indecentes

La polémica genuina sobre una camiseta fue la de Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo. Era la típica samarreta blanca, ceñida y en sus dos versiones. Con tirantes de generoso albañil y con manga corta, de motero broncas. Armani la fashionó.  Vivian Leigh arañaba el celuloide y miles de señoras americanas hacían lo propio con las espaldas de sus respectivos a los que exigían lucir esa prenda en los momentos de intimidad. El lío con la camiseta de Bardem es menos de lencería que de símbolos. Optó por presentarse en el SoFi Stadium, donde la selección nacional se enfrentaba a Austria, enfundado en una camiseta marrón, en contra de lo que hicieron su esposa Pe y Rosalía, que las tenía a su vera ataviadas con la pertinente elástica roja. Especialmente porque hace unas semanas, el actor se había exibido en el estadio del PSG con la camiseta del equipo anfitrión. La revista alemana Bunte se fijó en el detalle y se organizó un revuelo notable. ¿Qué pasa, que no le gusta el rojo? ¿Le agrada más el pañuelo palestino? ¿Acaso iba con Austria? Pues no, porque saltaba con los goles del cuadro de Delafuente. Entonces, ¿habrá explicación? Sabido es que algunos dicen buenas noches por el día.

¿Un catalán a la Moncloa?

Aznar también busca hueco en el ‘chimento’ (cotilleo) estival, como diría Milei. En el aniversario de los cincuenta años de la llegada de Adolfo Suárez al poder, el refundador de PP se descolgó con unas declaraciones, aquí comentadas sabiamente por Pablo Sebastián, en las que reclamaba, no un movimiento nacional, como malévolamente bromeaban algunos, sino una ‘mayoría nacional’, esto es, un bloque PP-Vox como se ha cerrado en las cuatro regiones que han celebrado ahora elecciones. No todo en Aznar tiene segunda intención pero hay espíritus picajosos, en Génova y en Beluchistán, que han percibido cierta inoportunidad en la sugerencia.

La propuesta tiene algo de «a ver, Alberto, aléjate de Junts de una vez que es el camino equivocado». Cierto que en el partido Puigdemont viene planteando una posible ‘moción de censura constructiva’ para tumbar a Sánchez siempre y cuando el candidato no sea Feijóo. Uno de esos entretenimientos bobalicones a los que, en su infecunda ociosidad, se dedica el forajido de Waterloo. Entrar en ese juego es meter el pie en la trampa de los separatistas catalanes, donde circulan bromas al respecto. “Estos del PP terminarán haciendo presidente del Gobierno a Sánchez Llibre”, el correveidile del Puente Aéreo, demandante de favores, especialista del sablazo ergo, idóneo representantes de eso que llaman ‘empresariado catalán’, valga el oxímoron. Duran Lleida, también democristiano, no logró ser ministro ni de Marina. El astuto Miquel Roca, menos aún, se lo prohibió Pujol. ¿Logrará Sánchez Lliure entrar en La Moncloa?

‘Ingeniería electoral’

Cuando el enemigo arde en llamas, no hay que ayudarle con las mangueras. El líder del PP animó el arranque de la semana en lo de Federico de esRadio con su denuncia de la ‘ingeniería electoral’ que acompaña a la ‘ley de nietos’ y a la regularización masiva y atropellada de inmigrantes. O sea, el pucherazo que viene a cargo del máximo virtuoso en la especialidad. El PSOE se frotó las manos con la denuncia de Feijóo que le servía en bandeja escapar del infierno de la corrupción. Los ministros, todos a una, se lanzaron a recitar alegremente las consignas: ultraderecha xenófoba, trumpista, reaccionaria, sin alma…

La desesperada súplica de Begoña Gómez al juez Peinado para que le deje ir con su esposo a la cumbre de la OTAN en Ankara pasaba así a segundo plano. Un gesto humillante, incómodo para toda una directora de máster de la Complu, reina de los rastreadores de fondos, musa del intento de pelotazo del IE en el cuadrado de oro de la SEPI en pleno corazón de Madrid, exploradora de la inversión en África, amén de tetraimputada en puertas de la apertura de juicio quizás con jurado. Mendigar el pasaporte a un magistrado ya tiene algo de autoinculpación y hasta de condena.

El olor de la cloaca

Uno detrás de otro, el rosario de episodios de la putridez sanchista avanza con un galope embelesado. Así, el jueves, mientras el griterío por el manoseo del censo desbordaba micros y platós, estallaba un episodio aún más sonado. Si pareciera poco la imputación de la presidenta de la SEPI junto a casi media docena de los suyos, atronaba la de la directora general de la Guardia Civil acompañada de su segundo, el DAO del Cuerpo, todo un teniente general cumpliendo funciones, presuntamente, de cómplice de actuaciones delictivas. Mercedes González, que así se llama la interfecta, y Manuel Llamas, su subordinado con galones, abrieron expedientes a los miembros de la UCO por meter la nariz en casos oscuros del entorno del presidente, esto es, su hermano, su esposa, la financiación del PSOE y otras delicatessen. La fontanera Leire aparecía por medio en ese turbio escenario con denso olor a cloaca.

Reacción de ira controlada en el Instituto Armado. Prudentes mensajes de rechazo desde las asociaciones de oficiales. Irritación absoluta en los agentes, que se juegan la vida por dos perras porque ni se les considera profesión de riesgo y a los actores sí. O sea, a Bardem, un suponer, ya que ha sido mencionado. Caudalosos torrentes de cabreo recorren a estas horas los ánimos de los guardias, a las órdenes de mandos indecentes.

 Dos veces en la cúpula de los guardias

Mercedes González (51, Madrid) licenciada en Periodismo y dedicada a labores de su partido desde los tiempos de la Facul.  Siempre en el momio. ‘Merceditas’ le llama Pedro, amigos desde las juventudes socialistas, fieles camaradas, de perfil parejo, ambiciosos, descarados, se maquillan con amianto y huyen de la verdad como de la peste. Ni un sólo día empleados fuera de la política. La jefaza de los guardiaciviles ha desfilado por todo tipo de cometidos, buenos puestos, bien pagados, una escalada sin freno. Amén de concejal compi de Pedro en el Ayuntamiento de Madrid ha sido diputada, delegada del Gobierno en Madrid, secretaria general de la Agrupación socialista madrileña y directora general de la Guardia Civil por dos veces. Un bis sospechoso, un retorno al cargo jamás bien explicado.

Pese al unánime vendaval desatado tras la doble imputación que ha retumbado en los cuarteles con más fuerza que las retozonas andanzas y las alegres mordidas de aquel  Luis Roldán,  Sánchez no sacrificará a su fiel amiga. La consigna, transmitida desde La Moncloa, es que no se entrega ni una pieza más, no se sacrifica ni un sólo peón. Ábalos y Cerdán son los últimos casos. Si se quieren ir, como la directora de la Agencia Tributaria, que se vayan. Total, pocos buscarán la puerta porque no tienen dónde emplearse. Es gente de formación escuálida, mínimo currículum y escasamente inclinada al laburo. Ni un cese más, ni un castigo, que eso es signo de debilidad. No se cede un centímetro hasta las elecciones. Todo es fango, inventos de los tabloides fachas, montajes de la ultraderecha.

Seguirá el goteo. Caerán muchos más. La mugre supura sin tregua. El socialismo de Sánchez es un pozo de inmundicia, se está viendo. Tiene ya más imputados que diputados, decía Feijóo. Y creciendo. Más que en la camiseta marrón de Bardem, el PSOE se ha quedado ya en calzones, a la vista de todos y rumbo a Soto del Real.