Carlos Conde Solares-El Español
  • La prosperidad sólo es posible si hay esperanza, confianza en que el esfuerzo produce resultado. Pero hoy el joven español que viene al mundo se sabe falto de control sobre su propio destino.

Un intercambio banal de vídeos en un grupo de WhatsApp, de esos que hacen más llevaderas las horas laborables, terminó derivando el otro día en sombría y melancólica reflexión sobre España.

El breve clip era un reportaje televisivo de principios de siglo. Mostraba a varios chavales de mi edad, que entonces tendrían dieciocho o veinte años. Explicaban, con desbordante entusiasmo, seguramente pasados de frenada, las modificaciones que habían hecho a sus coches.

Llantas de colores, equipos de música que atronaban como discotecas de la ruta del bakalao, pantallas por todas partes, suspensiones, todo tipo de «mejoras», horteradas varias. El famoso tuning, que tantas conversaciones animaba en mi barrio entre los chavales de mi generación.

Todo aquello envejeció mal. Y sin embargo, había algo en ese vídeo que hoy encoge el corazón: aquellos jóvenes parecían felices.

La suya era la felicidad consustancial a la juventud: estaban convencidos de que el futuro era suyo, y de que era bueno. Con todo por vivir, se divertían.

Yo nunca fui muy aficionado a los coches, pero conozco a muchos de aquellos chavales, que hoy siguen siendo mis amigos. Entonces, algunos trabajaban en la construcción, en talleres mecánicos o en la industria que aún sobrevivía a las grandes reconversiones de los años 80 y todavía no había sucumbido a la globalización.

No pertenecíamos a ninguna élite económica o intelectual, pero tampoco nos veíamos como víctimas de un sistema amañado en nuestra contra. Cada uno fue haciendo más o menos lo que quiso con su vida.

Los chicos del vídeo habían empezado a trabajar. Ganaban dinero, hacían planes para el fin de semana, para las vacaciones, incluso para el futuro. Se permitían gastar parte de sus ingresos en aficiones que les hacían felices (qué imperdonable extravagancia). Gastarse 20.000 euros de la época en tunear un coche de segunda mano, menuda cafrada.

Eran chicos normales, de un barrio normal de aquella España. Eran optimistas, aunque no fueran ricos.

Luego les dirían que vivían muy por encima de sus posibilidades y merecimientos. Cómo no contemplar aquella España con lunas tintadas de nostalgia.

El ser humano tiende a glorificar el tiempo en que fue joven, identificándolo con una mítica edad dorada. La fabulosa illa aurea secula de Ovidio, en la que el hombre vivía en paz y abundancia y jóvenes aurigas conducían carros bañados en oro de ley, desde los que retumbaban Chimo Bayo Pont Aeri.

Cierto es que aquella prosperidad era en gran parte artificial, una monstruosa burbuja cebada por crédito barato, también tuneado. Aquellos coches terminarían en llamas en la cuneta de la historia económica.

Pero, a pesar de todo, aquellas sonrisas no eran ficticias. Aquel orgullo por el primer coche era profundo y sincero: era la fórmula misma de la felicidad, que es la expectativa, razonable o no, de un futuro mejor.

«La prosperidad de principios de siglo era en gran parte artificial. Pero aquellos jóvenes creían que vivirían mejor que sus padres y tenían ilusión en el progreso»

Aquellos jóvenes creían que vivirían mejor que sus padres. Esa era la trayectoria histórica de varias generaciones: la ilusión del progreso y la mejora.

Nuestros padres creían que sus hijos vivirían mejor que ellos. Aquella convicción era el ruidoso motor de aquella España con turbo.

Los jóvenes de hoy son nativos de herramientas tecnológicas entonces inimaginables. Sin embargo, transmiten la sensación de ser tremendamente infelices.

Las enfermedades mentales, tal vez hoy mejor diagnosticadas, son una epidemia. Viven su juventud en una precariedad existencial que generaciones anteriores desconocíamos.

Los motivos son evidentes.

La vivienda es un lujo inasequible.

Emanciparse es una quimera.

Las perspectivas de movilidad social son escasas.

El trabajo es un ejercicio permanente de supervivencia, y no da ni para cubrir los gastos básicos.

España es además un país que castiga severamente el emprendimiento y la creatividad.

«España no es pobre, pero hace ya mucho que dejó de ser tierra de oportunidades para quienes nacen en ella»

Es verdad que España ha sido más pobre en casi cualquier otro momento de su larga historia. Pero nunca había sido tan pobre en expectativas de mejora.

Un país, y el nuestro como el que más, puede soportar enormes sacrificios cuando existe la esperanza de tiempos mejores. Mucho más difícil de sufrir es la piedra de Sísifo que los chavales españoles empujan montaña arriba, entre sesiones de gimnasio, empleos fijos discontinuos y nubes negras en el horizonte.

El «Gobierno de progreso» celebra datos macroeconómicos, subidas del IBEX y gráficas con gradientes positivos. Pero nuestros jóvenes tienen la impresión de que esas cifras son las propias de un país que ellos desconocen.

La prosperidad sólo es posible si hay esperanza, si hay confianza en que el esfuerzo produce resultado. Pero hoy el ciudadano, y especialmente el joven español que viene al mundo, se sabe falto de control sobre su propio destino.

Los salarios hace tiempo que dejaron de acompañar al coste de la vida. El ascensor social se averió, y hoy yace abandonado y oxidado en el hueco de algún bloque de hormigón, de aquellos apartamentos que nunca llegaron a construirse.

España hace tiempo que ha dejado de creer en sí misma. Por eso aquellos jóvenes tuneros provocan nostalgia. Aquella España no era perfecta, pero esperaba algo bueno del futuro mientras se divertía en el presente.

Tenían la convicción de que el esfuerzo tenía premio.

Quizás estuvieran equivocados, y fueran unos inconscientes que sobrestimaban una prosperidad ficticia. Tal vez hacían castillos en el aire mientras pisaban el acelerador y despertaban a medio vecindario. Pero ellos creían que el país jugaba a su favor y que el futuro era suyo.

España no es pobre, pero hace ya mucho que dejó de ser tierra de oportunidades para quienes nacen en ella. Los jóvenes que se atreven a mirar hacia delante ven que todo está decidido de antemano.

Echamos de menos aquella España porque éramos más jóvenes, pero sobre todo porque aún éramos optimistas.

Hoy España produce opositores crónicos, emigrantes, subsidiados, supervivientes y ansiosos. Tenemos una sociedad tecnológicamente sofisticada cuyo fin último es gestionar la falta de expectativas sin que estalle el tinglado.

Aquellos chavales del coche tuneado no sabían nada de economía, pero intuían que el futuro sería lo que ellos quisieran. Los jóvenes de hoy sospechan exactamente lo contrario.

*** Carlos Conde Solares es filólogo y profesor de Historia de España en la Universidad de Northumbria.