- Advertencia para sobrevivir: cuando te llamen fascista, significa que te consideran asesinable. Así lo confirma la historia. Así lo viene demostrando la izquierda desde hace un siglo
Sus voces son un eco del lenguaje incendiario de sus antecesores. Eco, eco. No hay nada sustantivo en Montero, que ha pasado de ser la mujer más importante de la democracia española a la más insignificante. El adjetivo también es heredado. Los encantados con la línea en el suelo que separa españoles, los pesados de los dos lados de la historia, uno bueno y otro malo, llamarán justa o valiente a la declaración del eco. A los demás nos parecen palabras muy peligrosas. Juegan con fuego esos loros de repetición retardada de la cúpula socialista cuando resucitan a los emisores primeros de la infamia, a los destructores reales de la Segunda República, a los golpistas que no aceptaron la entrada en el Gobierno del partido que había ganado las elecciones. El aparato fonador de las marisús y los marisús no emite nada, solo ejerce de caja de resonancia de aquel socialismo que se había muerto y que Zapatero resucitó.
Las palabras que hace noventa años, noventa y uno, noventa y dos, pronunció Largo Caballero, se amplifican ahora en los ministros. Las que dijo Ángel Galarza pueden que salgan, en concreto, por el gran orificio bucal de Puente. Advertencia para sobrevivir: cuando te llamen fascista, significa que te consideran asesinable. Así lo confirma la historia. Así lo viene demostrando la izquierda desde hace un siglo. No necesitan haber leído nada porque el espacio conserva las maldiciones de mucha muerte. Como las checas y el pucherazo en el 36, como la revolución armada del 34. A eso lo llaman el lado bueno. Su lenguaje podrido, ese que te comunica la imposibilidad de sobrevivir, ganes o pierdas, flota durante siglos, quizá durante toda la eternidad. Hay formas de contactar con los abuelos del odio, por eso cada cierto tiempo alguno te dice que no cabes en el mundo. La cúpula socialista no tiene por qué conocer la historia de su partido. Ni la verdadera ni la falsa, que es la oficial. Basta con que se den ciertas condiciones.
Por ejemplo, ver que pierden el poder. Por ejemplo, la irresistible tentación de satanizar a la oposición al carecer de argumentos políticos válidos en democracia. Por ejemplo, darse cuenta de que a ciertas instituciones no las tienen infiltradas. Y entonces, cada uno de ellos, ejerciendo de médium, pronuncia de nuevo las palabras que nos vuelven irreconciliables, nos hacen sabedores de que no consentirán que un día gobernemos, aunque ganemos las elecciones. De momento, como creen que queda más de un año para los comicios, solo nos llaman fascistas, sin matarnos aún. A medida que avancen los meses, uno de los médiums pondrá los ojos en blanco, será poseído por Largo Caballero y repetirá: «Si los socialistas son derrotados en las urnas, irán [entiéndase iremos] a la violencia, pues antes que el fascismo preferimos la anarquía y el caos». Luego vendrán los arrepentimientos: oiga, que yo solo había venido aquí a robar… Pero existen hilos invisibles, insensatos estúpidos, y a ciertas cosas no se juega.