Olatz Barriuso-El Correo

Es ya casi un lugar común hablar de los errores no forzados de Alberto Núñez Feijóo o del daño autoinflingido del líder del PP a su liderazgo y a sus propias expectativas electorales, cuando, sobre el papel, tendría el viento de cola frente a un Pedro Sánchez acogotado por una escandalosa agenda judicial y un consiguiente, y creciente, rechazo ciudadano. También es costumbre referirse a los bandazos del primer partido de la oposición en su relación de amor-odio con Vox como una valla más en la carrera de obstáculos hacia La Moncloa.

Pero conviene matizar que el giro a la derecha que se aprecia en los pasos más recientes del presidente popular no obedece a una improvisación o a un autoboicot, sino a una táctica –el tiempo dirá si acertada o errada– para maximizar su rendimiento electoral en unas generales a las que Feijóo concurriría a pecho descubierto como potencial socio mayoritario de una inevitable coalición con Santiago Abascal. Esa naturalización del ‘fatum’ insoslayable que ataría al PP a la extrema derecha escribió su capítulo central con el acuerdo de Juanma Moreno con Vox en Andalucía. Ahí cayó el último bastión del PP moderado y centrista, por mucho que el presidente andaluz quiera relegar la vicepresidencia de Manuel Gavira al mero postureo.

Con todo, se han sucedido desde entonces piscinazos llamativos de Feijóo que, curiosamente, han provocado reacciones furibundas y sobreactuadas en el bloque de la izquierda. Por ejemplo, el anuncio de una ley para equiparar al feto con los bebés nacidos a la hora de acceder a ayudas públicas se ha recibido como un «ataque a los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres» (Irene Montero), una evidencia de que Feijóo «se defeca en los pantalones por miedo a Ayuso» (cortesía de otro portavoz de Podemos) o, en definitiva, un recodo en el camino para torpedear, a medio plazo, el derecho al aborto. Nadie en la izquierda ha contemplado la medida como un apoyo a la natalidad, propio, por otra parte, de un partido de centroderecha, como nadie tampoco en ese espectro político ha visto la vapuleada propuesta de Feijóo de acabar con los complementos a las bajas en los convenios para atajar el absentismo como nada distinto a un ataque frontal a los derechos de los trabajadores.

Es muy probable que Feijóo fuera buscando precisamente eso. Que, igual que Sánchez ha intentado fortalecerse como némesis de Trump (aunque hable con él de fútbol y golf en Ankara), también el líder del PP quiera coronarse como antagonista total de Sánchez y convertir las próximas elecciones en un plebiscito sobre la decencia. Y, al mismo tiempo, al asumir los postulados de Vox en asuntos como la prioridad nacional, la seguridad o las políticas de familia, intente detener la fuga de sus votantes hacia la formación de ultraderecha, que se elevaría al 12% según la última encuesta de 40 dB, mientras que la transferencia a la inversa, es decir de Vox hacia el PP, se estancaría en un 4,7%. Es chocante que Vox haya salido, cual guardián de la moderación, a alertar del error del PP al mimetizarse con ellos y descuidar el centro. Sostienen los de Abascal que esa estrategia puede perjudicar la suma total del bloque de la derecha. El inusual aldabonazo puede esconder el temor real de Abascal a que el PP le coma la tostada pero no oculta el serio riesgo al que se abona Feijóo al pisar todos los charcos que propician que sus oponentes le llamen «facha». Es otro lugar común en política que entre el original y la copia los votantes se quedan con la sigla fetén. En este caso, el éxito de la pirueta de Génova depende de que los votantes que se autoperciben de centro prefieran votar lo que sea antes de que Sánchez siga en Moncloa.