Editorial-El Correo

  • Los ataques públicos del estadounidense, incapaz de mantenerlos cara a cara con los aliados, aceleran la maduración geopolítica y militar de Europa

La cumbre de Ankara confirma el ajuste estructural de la OTAN. Una transformación inevitable por las divergentes percepciones en una y otra orilla del Atlántico sobre las amenazas para la seguridad de Occidente. La organización defensiva debe ahora evolucionar desde el desconcierto provocado por los 18 meses de la segunda presidencia de Donald Trump hacia una estructura con liderazgo europeo. Este periodo de crisis incluso podrá considerarse en el futuro una suerte de bendición si el viejo continente consigue abandonar décadas de complacencia geopolítica para madurar con paso firme su autonomía estratégica.

En sus manifestaciones públicas en la capital turca, en compañía del obsequioso secretario general Mark Rutte, el presidente de Estados Unidos siguió el único guion que puede esperarse de él. Reiteró con argumentos imaginarios la reclamación del territorio de un país aliado, aireó su frustración por que la organización no le sigue ciegamente en operaciones militares fuera de su ámbito de actuación y lanzó los obligados guiños al nacionalpopulismo en Europa. Dirigentes como Pedro Sánchez, Emmanuel Macron o Mark Carney no ocultaron su hartazgo por un discurso que suena ya a disco rayado y que, según subrayaron, Trump se guardó de repetir en las sesiones de la cumbre. El republicano tendrá que discutir cualquier proyecto para Groenlandia con las autoridades danesas y de la isla. Afrontar un conflicto comercial con el conjunto de la Unión Europea si pretende represaliar a España por no querer satisfacer sus caprichosos objetivos de gasto militar. Y su fracaso en la guerra con Irán, que tantas veces ha dado por terminada, ya ha convencido a sus socios de su acierto en mantenerse al margen.

La declaración final de Ankara, en la que los 32 países ratifican su compromiso firme con la defensa colectiva bajo el artículo 5, tendrá que servir a los europeos para planificar a largo plazo los requerimientos de su política industrial de defensa. Que se decidirá en Europa, y también mediante acuerdos con EE UU y otros socios relevantes como Canadá en capítulos en los que sea necesario. En lo inmediato, la prioridad es proporcionar interceptores antimisiles a Ucrania, desde la certeza de que una derrota de Putin es la mejor contribución a la seguridad del continente. La licencia anunciada por Trump para fabricar Patriots tardará varios años en rendir frutos.