Miguel Ángel García Herrera | Juan Luis Ibarra Robles-El Correo

Catedrático de Derecho Constitucional y expresidente del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco

  • Suena con energía la voz del Papa cuando reclama «desarmar» la IA, porque es una tecnología que puede causar estragos y amenaza la civilización

Al Papa lo que es del Papa. León XIV alza su voz contra la guerra y despliega un discurso crítico, ahora infrecuente, sobre la inteligencia artificial (IA). Es una iniciativa plausible. Hay más atención en la pugna entre empresas y países que en las consecuencias morales y sociales de su implantación. Y es oportuna por la imbricación de la IA con la guerra y por los riesgos de su desarrollo: la IA ya genera gran parte de su código y está próxima a la automejora discursiva.

Al margen de la técnica, Robert Prevost suscita una diferencia filosófica radical. Frente a la visión antropológica de la persona como un ser frágil, pero con emociones, limitada, pero con corazón, vislumbra en los actuales dueños de la IA una pretensión de reducirnos a datos acumulables y una voluntad de que la naturaleza humana, fundida con la máquina, cree seres distintos: la nueva élite gobernante mundial. Esta propuesta recreadora, basada en la IA, no acepta los límites de la naturaleza humana inherentes a su fragilidad y propone una liberación tecnológica desentendida de las necesidades de los pueblos.

La encíclica rechaza la premisa central de quienes equiparan la IA con la inteligencia humana. La IA está compuesta de cálculo y datos, en tanto que la inteligencia de los humanos es la expresión de una conciencia moral. La realización auténtica de los seres humanos no consiste en la autoafirmación ilimitada sino en la libertad y responsabilidad, en el cuidado recíproco y en la solidaridad, en la dignidad de todos y en el bien de los pueblos como medida del progreso; en suma, en la realización de un humanismo integral que abarca todas las dimensiones de la existencia, con derechos sociales y cuidado ecológico de la Casa común.

Con fundamento en la ética del humanismo, León XIV denuncia la supuesta neutralidad del paradigma tecnológico basado en la lógica de la eficiencia, el control y el lucro que reduce la creación a un objeto de explotación. La IA responde a los intereses de quienes la diseñan, financian, regulan y utilizan. Por ello demanda para la IA un marco ético y político. Al desvelar esta instrumentalización, alienta someter la IA a los designios de un humanismo asentado en la dignidad humana. El reto es conseguir que esta poderosa herramienta esté al servicio de la sociedad y no alimente un nuevo Leviatán. Es decir, un instrumento controlado por poderes privados en una época en la que la concentración de la técnica y de la riqueza y su relación con los poderes estatales conforma lo que se denomina el tecnocesarismo.

Suena con energía su voz cuando denuncia la subordinación global inducida y las nuevas formas de esclavitud en el trabajo, de moderación en la extracción de recursos y en la trituración de materiales que encubren cadenas de explotación. Y alcanza un nivel álgido cuando reclama «desarmar» la IA para sustraerla a la lógica de la competencia armamentística y a los monopolios, e impedir el dominio sobre lo humano.

Para León XIV la encíclica no es un listado de políticas ni un manual de prácticas sino una contribución al discernimiento de la colectividad. Esta finalidad explica su tono axiológico. Este carácter generalizante deja insatisfecho a quienes como Daron Acemoglu consideran que el Papa debería haber ido más allá con propuestas antimonopolios, inversiones públicas, derechos sobre los datos, regulación de la vigilancia, normas sobre las armas autónomas.

¿Era posible? Al asentar su discurso en una ideología humanista, León XIV acota el alcance de su intervención. Si la referencia teórica es la persona humana, renuncia a una cartografía más amplia del sistema: solo menciones a un poder sin adjetivo y referencias a los pobres, desvalidos, excluidos, débiles a los que no hay que abandonar.

Pero la IA es una tecnología que amenaza la civilización. Con ella se ha producido el mayor expolio de la humanidad al privatizar el conocimiento humano del pasado y presente e instrumentalizar los datos sociales y personales para beneficio privado. Y se está convirtiendo en un artilugio que asusta a sus creadores, aunque no se detenga su desarrollo.

La IA puede causar estragos. Por ello es instructivo seguir los debates sobre el qué y el para qué de la IA, establecer protocolos de seguridad, evitar los consumos desmedidos de recursos naturales, divulgar las propuestas de la teoría de la Constitución de la Tierra de Luigi Ferrajoli para eliminar las armas. También seguir las vicisitudes de las propuestas de predistribución del senador Bernie Sanders con la creación de un fondo soberano mediante un impuesto único del 50% pagado no con los beneficios de las tecnológicas sino con las acciones de las empresas. Asimismo, la medida de redistribución de la senadora Elisabeth Warren referida al impuesto del 5% sobre la riqueza de los multimillonarios tecnológicos. En suma, la IA deberá ser un contenido esencial de un renovado contrato social del siglo XXI.

En todo caso, León XIV está en el buen camino…