Iñaki Ezkerra-El Correo

  • Ha pasado de repente y sin transición a enseñar a Trump los deberitos bien hechos en el gasto en Defensa

Es la frase que ha recogido la prensa de Trump en el avión en que regresaba a Washington tras asistir a la cumbre de la OTAN: «España se ha redimido por completo». Si la anterior cumbre, la de junio del pasado año, acabó como el rosario de la aurora, ésta ha tenido, pese a las tensiones, un desenlace feliz. Si en aquella ocasión Mark Rutte no sabía dónde meterse, en ésta no ha reparado en elogios tanto para el presidente norteamericano como para el español. Si entonces Sánchez hizo el papel del último de la clase y se puso en la esquina de la foto como si lo hubieran castigado (ése era el efecto que produjo aunque él buscaba la favorecedora imagen de David contra Goliat), ahora acaba de hacer un papelín no exento de ridiculez igualmente: el de alumno aventajado que saca matrícula de honor. Solo ha faltado que Rutte le nombrara ‘in situ’ delegado de la clase para que preservara el orden mientras él hacía un viaje a los lavabos y para que le brindara después una exhaustiva lista de los que se hubieran portado mal charlando con el compi o haciendo avioncitos.

Lo mejor de Sánchez en Ankara ha sido la cara; el tonillo de novicia que no ha roto en su vida un plato; de ‘sin pecado concebida’… Solo le faltó limpiarle el encerado a Trump y llevarle a la mesa el cafelito. De ser el adalid del antimilitarismo, el príncipe de la paz internacional, el hueso duro de roer, el respondón situado en el lado correcto de la Historia, el látigo europeo del yanquismo rampante…, Sánchez ha pasado de repente y sin transición ni período de esplendor a enseñar los deberitos bien hechos en el gasto de Defensa. De polarizar el debate ha pasado a bipolarizarse él mismo; a presentarse como el socialdemócrata que sabe entender la economía de mercado y asume que «las relaciones comerciales se tejen entre empresas y no entre gobiernos»; a contarnos que con Trump habló de fútbol cuando Trump solo entiende de béisbol y Sánchez de baloncesto; a tragarse «con calma, paciencia y normalidad» todos los sapos y culebras que ha lanzado contra él y contra España el amigo americano. La verdad es que por mucho menos montó Sánchez con Argentina y con Israel dos crisis diplomáticas de envergadura que aún a día de hoy siguen coleando. Las dos preguntas que cabe hacerse son ‘cuál de los dos, Trump o Sánchez, ha cambiado de actitud y de discurso frente al otro’ así como ‘qué ha podido cambiar en solo un año entre ambos’.

Claramente, quien ha cambiado, y de modo espectacular, no es Trump, que sigue a su bola lanzando improperios, sino el Sánchez que invoca los lazos culturales, sociales y políticos que unen a España y a Estados Unidos incluso «por encima de lo ideológico». Claramente, el cambio que se ha producido entre uno y otro se llama Zapatero.