Editorial-El Correo

  • A los dos países conviene una solución negociada a la guerra, dificultada por la impaciencia de Trump y el empeño iraní en mantener el control de Ormuz

La firma el 18 de junio del memorándum de entendimiento entre Estados Unidos e Irán fue recibida con alivio por la comunidad internacional. Y con desconfianza sobre el verdadero compromiso de las partes para buscar un final negociado a la agresión unilateral que Donald Trump y Benjamín Netanyahu desataron el 28 de febrero. Era un documento demasiado ambiguo para evitar que Washington y Teherán lo interpretaran a favor de sus respectivos objetivos. Los ataques cruzados que se suceden desde el lunes asoman de nuevo a la guerra abierta a dos países objetivamente interesados en terminar el conflicto y, a la vez, obsesionados por no aparecer como perdedores.

A Donald Trump, que ya se ha declarado ganador en incontables ocasiones pese al fracaso en conseguir los objetivos que él mismo había declarado, le desestabilizó la impresión generalizada de que había cedido demasiado. Más cuando, en su propio país, la operación militar en el golfo Pérsico es cada vez más impopular porque castiga el bolsillo de los ciudadanos. Y ahora que los ‘halcones’ republicanos, con el exvicepresidente Mike Pence como cabeza visible, le animan a «terminar el trabajo», a lo que los neoconservadores consideran «ganar», sin prestar atención al nefasto resultado de las aventuras en Irak o Afganistán. La Casa Blanca no parece contemplar, de momento, la peor opción, el ataque masivo a un territorio iraní que no podría conquistar solo desde el aire. Insiste en la asfixia económica del régimen teocrático, al que acaba de revocar el permiso temporal para exportar petróleo. Pero Teherán no afloja en el control del estrecho de Ormuz.

A EE UU le ocurre con Irán lo que a Rusia con Ucrania. Quieren doblegar a Estados menos poderosos pero que defienden con fiereza su supervivencia. Los iraníes desearían volver a la diplomacia, pero a un ritmo insoportable para el impaciente Trump. Y probablemente también para una economía ya muy deteriorada antes de la guerra por las sanciones internacionales y la nefasta gestión de los gobernantes, que puede terminar el año con una inflación del 100%, parálisis productiva y crecientes tasas de desempleo y pobreza. La imagen hiperventilada de los funerales del asesinado Alí Jamenei solo disfraza una situación difícil de revertir, la de una sociedad en la que la inseguridad vital se ha convertido en norma. A uno y otro lado, la persecución de una victoria improbable aleja por desgracia el final del conflicto.