- Todo lo que caiga a su derecha lo tacharán siempre de facherío, no sirve de nada intentar hacer méritos ante la izquierda
Feijóo es un padre de familia de 64 años, de discurso moderado (aunque lógicamente tiene que zumbarle a Sánchez ante un deterioro institucional y moral insólito). En su mocedad votó alguna vez a Felipe, tardó en darse de alta en el PP y en el último congreso de su partido se proclamó centrista, asegurando que la dicotomía izquierda-derecha está superada.
Pese a todo lo referido, Feijóo ha sido tachado esta semana de peligroso y conspicuo «ultra», tanto por el Gobierno como en los panfletos sanchistas del engolado Javier Ruiz y compañía. ¿Y qué ha hecho para ganarse la etiqueta de retrógrado fascistoide que con tanta prodigalidad asigna la izquierda? Pues apoyar la ley del concebido no nacido, que dará ayudas a las familias desde que se produce el embarazo, contando así al nasciturus en la unidad familiar; y lamentar que España sufre un «cáncer» económico con las bajas laborales, que están disparadas.
Lo del concebido no nacido crispa a la izquierda abortista, porque ellos parten de que no existe realmente vida humana hasta el alumbramiento. Eliminar al feto es algo así como tirar a la basura una monda de plátano, no merece condena moral alguna. Por eso se revuelven cuando Feijóo hace su acertado gesto a favor del derecho a la vida.
En cuanto a las ausencias en el trabajo, Feijóo no ha hecho más que denunciar un problema cierto, agudo y creciente, que provoca una sangría económica de miles de millones. En la pandemia le cogimos el gusto a quedarnos en casa y no ir al curro. El teletrabajo, muchas veces tele-escaqueo en el país de la picaresca, nos hizo ver que en realidad tampoco hace falta aplicarse demasiado. Muchos incluso descubrieron en sus adentros que en realidad sus empleos son un poco de relleno, pues todo funciona igual sin ellos.
La importancia que concedemos al trabajo decayó, a lo que se unen unas generaciones Copo de Nieve afines al victimismo y de menos aguante que sus ancestros. Si navegando en Gran Sol un marinero le hubiese dicho a mi padre lo de «hoy no trabajo, porque esta noche estaba resfriado y he dormido mal», caso que yo he conocido, tiraría al susodicho por la borda. Ahora se considera normal.
Las bajas se han disparado también por el énfasis en la llamada «salud mental». Cualquiera que se presente ante su médico y proclame que está muy desanimado y sin fuerzas para ir a currar recibirá la baja, pues el facultativo teme pillarse los dedos si realmente pudiese ser algo serio. Prefiere aceptar algunos cuentos de cuentistas antes que poner su carrera en riesgo.
Por su puesto hay que respetar el derecho a la baja, solo faltaría. Pero es hacer el avestruz no alarmarse cuando casi millón y medio de españoles se ausentan cada día (con los vascos como líderes destacados, pues su modelo político-social fomenta el estatismo chupategui).
Al PP le ha pasado lo de siempre. Ante la embestida de la izquierda contra Feijóo se ha amilanado. Con su habitual complejo de inferioridad ante el mal llamado «progresismo», portavoces del partido se han apresurado a reconocer que quizá Feijóo se había expresado mal, cuando se expresó de la manera más razonable y acertada.
Se equivoca por completo el centro-derecha cuando busca el plácet de la izquierda. Jamás lo tendrá. Cuando todavía no existía Vox, ya denunciaban que aquí había un terrible «dóberman», un peligroso partido fascista: el PP. Todo lo que quede a la derecha del PSOE será siempre ultra, por mucho que trate de coquetear con la cultura de la izquierda, como los patéticos intentos de Jaime De los Santos, vicesecretario de «Educación e Igualdad» de Génova, en los fastos del llamado Orgullo.
La izquierda parte de la base de que la inmensa mayoría de la población está oprimida («puteada») por los empresarios y por un establishment facha. Ella es la única fuerza que lucha contra ese estado de cosas y también en favor de los derechos de las minorías que sufren por obra de un modelo «heteropatriarcal ultra». Su herramienta es aplicar la pezuña intrusiva del Estado en todos los ámbitos, a fin de promover la igualación y proteger con pagas a los que se están quedando atrás. Se condena el esfuerzo y el mérito, conceptos retrógrados. Se prima el subsidio sobre el fomento de la iniciativa. Se margina el sentido común en nombre de unos «nuevos derechos» muchas veces delirantes (en la psicodélica España de Sánchez, si mañana la infanta Sofía se presenta en un registro y dice que ahora es un tío tendríamos un problema dinástico).
Todo el que no comparta esa manera de ver la vida es tachado de «ultra» o «fascista». Por eso intentar caer simpático a la izquierda si no eres de izquierdas es un ejercicio tan estéril como vender camisetas del Dépor a las puertas de Balaídos.