Editorial-El Correo
- Las discrepancias lingüísticas, agudizadas por el anuncio de ELA de negociar solo en lengua vasca, agitan el debate en una Euskadi que necesita puentes y cohesión
El euskera domina el debate público en Euskadi y eso no parece la noticia más esperada, cuarenta años después del inicio del proceso de normalización lingüística. Las profundas diferencias sobre el encaje de la lengua vasca en la realidad del país agitan los principales órdenes de la vida política, laboral y educativa de una comunidad necesitada de puentes y de cohesión. Por su historia más reciente, las diferencias en este terreno solo han servido para ahondar la división social y reactivar un pulso identitario que, en pleno año 2026, debería haber quedado enterrado en la trinchera de la discordia más estéril. El País Vasco ha avanzado desde el acuerdo, con enormes pasos adelante cuando se han gestado con apoyos transversales entre diferentes sensibilidades ideológicas y el concurso de profesionales de prestigio. Lo contrario puede afectar a la convivencia y hacer olvidar otros problemas cruciales para los vascos.
Las últimas señales describen un retroceso en la búsqueda de soluciones desde la pluralidad: el enfrentamiento entre PNV y PSE por las exigencias lingüísticas en el empleo público y el aluvión de suspensos en la Prueba de Acceso a la Universidad, sorprendentemente corregido en muchos casos en la reválida. La confianza en las instituciones es vital para no caer en el partidismo, sobre todo cuando hay mimbres para avanzar en proyectos compartidos como es el desarrollo del euskera, que debe trabajarse más.
Flaco favor le hace ELA a este reto pendiente cuando anuncia que solo negociará en lengua vasca los próximos convenios sectoriales. La medida, según sus promotores, pretende defender los derechos de los euskaldunes en el ámbito laboral, lo que a juicio de la presidenta de Confebask supondría levantar «un muro». La iniciativa del principal sindicato vasco, lejos de conseguir su objetivo, corre el riesgo de profundizar en una división de efectos claramente contraproducentes para extender un idioma.
Un giro hacia la radicalización condenado a chocar contra la patronal, primero -«es una estrategia de confrontación» que aleja el acuerdo, sostiene Tamara Yagüe en una entrevista con este periódico-. Y, después, está por ver si una advertencia tan cargada de efectismo político como la que lanza la central sindical es viable en el ámbito de la negociación de convenios. También dentro de ELA por cómo puede afectar a los intereses de los propios trabajadores y sus delegados, muchos castellanohablantes o reacios a imponer un bilingüismo que no representa al colectivo.