Antonio Rivera-El Correo

  • Los nacionalistas están dispuestos a establecer la cuestión de la lengua como una ventaja y una prioridad, sin ningún miramiento y prestos a aplicar la fuerza del poder institucional y de la presión social para acallar a sus oponentes

Lo de la Selectividad -la PAU- ha sido un desastre, una gestión desafortunada de principio a fin. Una típica crisis suscitada por alguien que escapa al procedimiento y que se responde con una sucesión de decisiones y declaraciones por lo menos desacertada. El protocolo no ha funcionado y todo ha desembocado en la puesta en cuestión de protagonistas y valores: la universidad pública, su relación con el Gobierno, el rigor jurídico del rector, la neutralidad y anonimato exigidos, el tratamiento igualitario de los estudiantes, la rapidez y eficacia del mecanismo para corregir la situación, etcétera.

Pero no es la primera vez ni el primer lugar donde el acontecimiento anual que es la PAU se pone en el ojo del huracán. La diferencia es que ahora se trataba de la asignatura de Euskera, lo que dio lugar a que se desatasen todos los demonios locales cuando el asunto, lamentablemente, vuelve a estar de actualidad porque el pacto social y político en torno al aprendizaje, uso y rentabilidad de la lengua se ha roto. Eso explica el cierre de filas de todo tipo de defensores de la causa nacional en torno al equipo rectoral, pretendiendo a base de concentraciones y firmas convencernos de que al domingo sucede un martes, que no un lunes.

Desde ahí el asunto se ha revestido nuevamente de agravio, adoptando estos una actitud victimista a la vez que agresiva. Las redes difundían memes contra la estudiantina del 0.0, ensalzaban al rector y despotricaban contra el Gobierno y, sobre todo, los jueces. Insertos en un nuevo proceso de acumulación de fuerzas nacionalistas -llamado con tino «el Lizarra lingüístico»-, la nueva norma establecida por el PNV y bendecida por Bildu, con un PSE expresando una pírrica oposición, viene a dejar clara la intención beligerante de estos, propia de quien tiene el poder, político y social, y no de quien está sufriendo sus decisiones, como pretenden confundirnos.

La situación vasca es un caso ejemplar de cierre social, concepto del sociólogo Max Weber para identificar procesos donde los grupos dominantes se quedan con el total de las oportunidades sociales y de los recursos, excluyendo a los demás (la mayoría), mientras blanden un supuesto agravio que lo justifica (por ejemplo, el ataque histórico al euskera y su difícil situación en la realidad).

Por eso el asunto se ha «politizado», porque es profundamente político y tiene que ver con las cosas de comer. Los nacionalistas están dispuestos a establecer la cuestión de la lengua como una ventaja y una prioridad, sin ningún miramiento y prestos a aplicar la fuerza del poder institucional y de la presión social para acallar a sus oponentes en este asunto. De ahí propuestas que antaño habrían sido pintorescas, como negociar convenios sectoriales solo en euskera, y que hoy se aprecian realmente discriminatorias. Matarían por la lengua porque piensan vivir mejor y en buena parte gracias a ella. Al menos mientras la mayoría escamoteada siga resignándose a un papel subordinado e incluso a seguir votando a partidos convertidos hoy en amenaza para sus intereses más básicos e inmediatos.