- El éxito de las derechas reside en haber comprendido y cartografiado el descontento. Frente a la política moralizante de la izquierda, han elaborado un mensaje político que prima las necesidades materiales de los grupos agraviados.
Asistimos a una transformación de la política europea y estadounidense, así como la hispanoamericana, que no se explica únicamente por el ascenso de las nuevas derechas ni por la creciente fragmentación electoral.
Su raíz es sobre todo territorial.
Nos encontramos ante una auténtica “geografía del malestar” que la izquierda ha dejado de interpretar con la misma capacidad de lectura que caracterizó su tradición política durante el siglo XX.
Aquello que constituyó sus esencias (la representación de las clases trabajadoras y la mejora de sus condiciones materiales de existencia) ha ido cediendo protagonismo a una agenda de naturaleza moral, cultural e identitaria, muy distante de las preocupaciones cotidianas de gran parte de la sociedad.
Durante décadas, el contrato social que sostuvo las democracias occidentales descansó sobre una premisa básica, según la cual, cada generación viviría mejor que la anterior.
Ese progreso no era únicamente económico sino también territorial: barrios que prosperaban, ciudades medias con capacidad de atracción, regiones industriales dinámicas y un ascensor social con oportunidades de promoción asentadas en el esfuerzo.
Aquella cartografía del progreso conformó durante décadas el mapa de la estabilidad política.
Sin embargo, la globalización ha dinamitado ese equilibrio.
Marine Le Pen antes de escuchar el fallo del Tribunal de Apelación de París, este martes. Reuters
La deslocalización industrial hacia Asia y el incremento de los costes regulatorios de la transición ecológica han reconfigurado el mapa productivo occidental.
Mientras China incrementaba su capacidad manufacturera con normativas más laxas, Europa optaba por intensificar las obligaciones ambientales, energéticas y burocráticas de su tejido empresarial.
El resultado es palmario sobre el territorio: cierre de industrias, pérdida de empleo cualificado, fuga de inversiones, debilitamiento de las economías locales y creciente dependencia exterior en sectores estratégicos.
Sobre esta mutación económica se ha superpuesto otra de naturaleza política.
Buena parte del progresismo europeo ha ido sustituyendo el tradicional pragmatismo socialdemócrata por un discurso crecientemente normativo, donde las cuestiones relacionadas con el empleo, la productividad, los salarios, la vivienda o la competitividad han sido desplazados por políticas identitarias.
Cuestiones como igualdad de género, diversidad, multiculturalidad, inclusión, animalismo, plurinacionalidad o la Agenda 2030 han pasado a ocupar el discurso partidario e institucional de buena parte de los poderes ejecutivos.
Esas jerarquías de preferencias postergaron las necesidades inmediatas de millones de ciudadanos: la inexistencia de un parque suficiente de vivienda pública; la precariedad laboral; el deterioro del poder adquisitivo; el incremento del coste energético; la pérdida de competitividad empresarial; la dificultad de los jóvenes para emanciparse o el progresivo empobrecimiento de las clases medias.
«La dificultad para incorporar preocupaciones materiales al debate político es una expresión más de la desconexión entre las escalas donde se diseñan las políticas y aquellas donde se sufren sus consecuencias»
A ello se suma una creciente preocupación por la gestión de los incesantes y masivos flujos migratorios, que no han venido acompañados de una adecuada planificación territorial ni de políticas eficientes de integración.
Ello ha generado tensiones sobre el mercado residencial, determinados servicios públicos y los segmentos menos cualificados del mercado laboral.
La dificultad para incorporar estas preocupaciones al debate político constituye una expresión más de la desconexión entre las escalas donde se diseñan las políticas (Bruselas, París o Madrid) y aquellas donde se sufren sus consecuencias (ciudades medias, las regiones industriales en declive, el mundo rural o las periferias urbanas).
Ese vacío de representación ha sido aprovechado por las nuevas fuerzas conservadoras.
Entre tanto, numerosas zonas europeas continúan despoblándose, sin inversión y expectativas.
En ellas las prioridades políticas no giran alrededor de debates simbólicos, sino del cierre de fábricas (Volkswagen), de la clausura de centrales nucleares (Almaraz), de las restricciones que limitan la rentabilidad agraria, de la desaparición del centro de salud, de la escuela o de la sucursal bancaria.
En esos lugares la urgencia sigue llamándose empleo, estabilidad, vivienda y posibilidad de construir un proyecto vital sin verse obligado a emigrar. La geografía electoral refleja con precisión esta fractura territorial.
Los espacios mencionados muestran una creciente inclinación hacia opciones más derechistas y liberales.
Incluso las grandes ciudades experimentan tendencias semejantes, impulsadas por las dificultades de acceso a la vivienda, la percepción de inseguridad o por las tensiones de un rápido crecimiento demográfico externo.
«Antes de cambiar los mapas electorales cambian los territorios. Y cuando un territorio deja de ofrecer oportunidades, termina modificando también su comportamiento político»
Más que un cambio profundo de valores, lo que expresan estos sitios es una creciente sensación de abandono político.
El éxito de las derechas reside precisamente en haber comprendido y cartografiado el descontento.
Han confeccionado un mensaje político reconocible para los sectores agraviados: protección, seguridad, estabilidad, soberanía económica y control. Frente a una política moralizante, ofrecen un relato que prima las necesidades materiales y la recuperación del territorio como sentimiento de pertenencia.
El desafío para la izquierda resulta, por ende, estructural.
Recuperar su capacidad de integración exige resituar en el centro del debate cuestiones como las citadas para lograr la competitividad de la economía europea, compatibilizando la transición ecológica con la preservación de su tejido empresarial, evitando que las diferencias regulatorias nos hundan frente a competidores globales.
La política siempre termina aterrizando en el territorio. Es allí donde se experimentan el desempleo, el precio de la vivienda, la desaparición de los servicios públicos o el éxodo.
Es también allí donde se valida o fracasa cualquier proyecto político.
La paradoja reside en que parte del poder juega a refundar ideas mientras la gente pide simplemente prosperar para vivir con dignidad.
Evidentemente, antes de cambiar los mapas electorales cambian los territorios. Y cuando un territorio deja de ofrecer oportunidades, termina modificando también su comportamiento político.
*** Julián Mora Aliseda es catedrático de Geografía en la Universidad de Extremadura.