Isaac Blasco-Vozpópuli
- Que el sanchismo sea una marca política disruptiva se explica en parte por la preexistencia de muchas ‘narbonas’
La resaca futbolística se diluyó muy de mañana en la Audiencia Nacional con el desfile de aludidos por la grafómana Leire Díez en sus incontables agendas. De ellos, Cristina Narbona dio muestras de una familiaridad congruente con el trato que, al menos desde 2017, la presidenta del PSOE ha venido teniendo con la ‘fontanera’ de Ferraz.
La figura de Narbona es francamente antipática. Los valencianos siempre la recordarán como la ministra antitrasvasista, empeñada en jalonar de desaladoras la costa alicantina, como así ocurrió. Profundamente doctrinaria, la titular de Medio Ambiente en el primer Gobierno de Zapatero se escudó este pasado miércoles ante el juez Pedraz en el carácter ornamental de su cargo orgánico para hacerse la desentendida respecto a las maniobras de Díez. En definitiva, que endosó a Santos Cerdán toda la responsabilidad de las cloacas impulsadas por la hiperactiva Leire, con la que no obstante ha mantenido una apreciable intimidad de acuerdo con los mensajes cruzados entre ambas que maneja la Guardia Civil.
Es difícil disociar a la presidenta del PSOE de su gestión en el pasado, dirigida con toda intención a sembrar la cizaña política para generar el enfrentamiento: entre partidos, administraciones y ciudadanos. Entre todos. De algún modo, Narbona se prestó a promover en primera persona aquella “tensión” conveniente para los intereses socialistas que recetaba el propio Zapatero. Y se apllicó con entusiasmo a la tarea.
Que el sanchismo sea una marca política disruptiva se explica en parte por la preexistencia de muchas narbonas. Lo que pasa es que la memoria, siempre selectiva, acostumbra a orillar lo malo; de lo contrario, la vida sería insoportable. Ese mecanismo de pura supervivencia en el cerebro nos ha hecho olvidar que la hoy presidenta socialista fue, por ejemplo, pionera en emplear los incendios como arma contra el oponente, como ocurrió con el declarado en Doñana hace nueve años: culpó del desastre a la política de recalificaciones. Del PP, naturalmente.
Tampoco puede arrogarse una transparencia especial en su herencia política: la trama Azud, un caso que salpicó a buena parte de la dirigencia socialista valenciana, llevó a los investigadores de la UCO a concluir que el partido pudo haberse financiado por medio del amaño de contratos de Acuamed, entidad estatal controlada por Narbona. Los sobrecostes en la construcción de sus qureridas desaladoras zapateriles también estuvieron a la orden del día, como ella mismo admitió en el Senado tiempo después.
Pero su sitio en la galería histórica de cacicadas políticas se lo debe Narbona a la derogación del Plan Hidrológico Nacional, cuya motivación esencial debe buscarse en que se trataba de un proyecto de vertebración territorial que alguien como el hoy imputado expresidente veía incompatible con su planteamiento de centrifugar España. No por nada, que fuese relegado respondió también a una exigencia de ERC.
Narbona, hoy presidenta del PSOE, acaso ignoraba entonces que la iniciativa de impulsar una solución nacional al reparto del agua había salido, muchas década antes, de la cabeza de Indalecio Prieto. Claro, que este era socialista de verdad.