Antonio Jiménez-El Debate
  • Aplicado a la Guardia Civil y a su grandeza, esta depende del trabajo silencioso y abnegado de sus miles de agentes, oficiales y jefes como Yuste, Mora, Balas o Pérez de los Cobos, capaces de oponerse y decir no al ministro de Interior y a sus superiores cuando la disciplina quiere imponerse sobre la legalidad

Dice el desvergonzado Tezanos en su bola de cristal que Sánchez está que se sale y que el PSOE arrasaría en las urnas. La intención de voto socialista es directamente proporcional al tsunami de corrupción del sanchismo. A más corrupción, más votos para Sánchez y menos para Feijóo. Para el desahogado caradura que dirige el desacreditado CIS, la marea corrupta que cerca a Sánchez consigue un efecto inversamente proporcional a las posibilidades que tiene el PP, a ocho puntos de distancia del PSOE según el tranvía sin ruedas que acaba de vendernos en el barómetro de julio, de ganar las elecciones generales.

A más sentencias condenatorias como las del inhabilitado fiscal García Ortiz, Ábalos y el «hermanísimo» y a más causas abiertas por corrupción en la Audiencia Nacional o en audiencias como la de Madrid, donde un jurado popular juzgará a Begoña Gómez, menos probabilidades tiene Feijóo de llegar a la Moncloa.

A Sánchez la corrupción le sale electoralmente rentable y a cuenta, según Tezanos, cuyas encuestas ha conseguido que sean menos creíbles, irrelevantes e inútiles que una acción de marketing para vender peines en una convención de calvos. Y el primer descreído es su beneficiario, que de creerse esos pronósticos ya habría convocado elecciones en medio del muladar en el que chapotea.

Condenado su hermano y con su mujer a punto de exponerse ante un jurado popular que decidirá sobre lo que con criterio jurídico fundado, acertado y avalado por la Audiencia de Madrid, le imputó el juez Peinado por tráfico de influencias y malversación, Sánchez va para bingo, diga lo que diga Tezanos, en una carrera de desmanes y tropelías sustentada en la colonización, instrumentalización y utilización personal de instituciones y organismos como el CIS, la Fiscalía General o la Guardia Civil con el único fin de mantenerse en el poder.

La peor corrupción no es la económica, sino la política. Es ética y políticamente más inmoral, reprobable e infame que Sánchez le comprara los siete votos a Puigdemont para ser investido, a cambio de amnistiarle con una ley corrupta a su medida, que las putas y «chistorras» de Ábalos y Koldo. Y es por ello asimismo más censurable e indecente que la corrupción económica el hecho de que Sánchez haya llevado la corrupción política a la dirección de la Guardia Civil para utilizarla con fines personales y partidistas, neutralizar investigaciones, deslegitimar procedimientos o atacar a adversarios como Isabel Díaz Ayuso.

La directora general Mercedes González y sus mandos militares, Llamas y Del Castillo, no debieron entender que la Benemérita está para servir exclusivamente a la ley y a los ciudadanos, nunca al gobernante. La Guardia Civil no nació para proteger a Sánchez y ponerse de perfil en las causas abiertas contra su hermano y el PSOE, sino para proteger la ley y combatir a quienes la infringen, sea su familia o el gobierno. La lealtad de sus mandos no es hacia el ocupante de la Moncloa, sino al Estado, como demostró el general Fernando Mora negándose a ser partícipe y cómplice de una operación política contra Ayuso. Antes también lo hizo el entonces coronel Rafael Yuste, rebelándose contra las indicaciones y amenazas del DAO para que sus agentes de la UCO miraran para otro lado y dejaran de investigar causas políticas relacionadas con el entorno de Sánchez y el PSOE.

Los generales Mora y Yuste nunca confundirán el Estado con el Gobierno, como tampoco confunden la obediencia con la servidumbre, que es lo que hicieron los tenientes generales Llamas y Del Castillo hasta degenerar en lacayos y comisarios políticos del sanchismo. Aquellos tienen muy claro que la fortaleza de un Estado de derecho no consiste en que el gobierno controle a los investigadores, sino en que los investigadores puedan investigar sin miedo al presidente, a su familia, a su partido y al gobierno que preside.

«Para que triunfe el mal –sentenció Edmund Burke– basta con que los hombres buenos no hagan nada». Aplicado a la Guardia Civil y a su grandeza, esta depende del trabajo silencioso y abnegado de sus miles de agentes, oficiales y jefes como Yuste, Mora, Balas o Pérez de los Cobos, capaces de oponerse y decir no al ministro de Interior y a sus superiores cuando la disciplina quiere imponerse sobre la legalidad. Con su actitud y lealtad a la divisa que juraron respetar, dejaron claro que la obediencia debida no es la obediencia política; rechazaron convertirse en instrumentos políticos y defendieron el honor profesional del cuerpo cuyo uniforme no pertenece a ningún partido.

Esta legislatura será recordada por la colonización de instituciones y organismos públicos, ya sea la Fiscalía General, la Abogacía del Estado, la Guardia Civil, la SEPI o el CIS, que Sánchez ha puesto a su servicio personal y de partido hasta convertirlos en prolongaciones de su propio Gobierno.

Su manual de resistencia ha consistido en controlar primero el relato; ocupar después los organismos independientes; orquestar campañas para desacreditar a jueces incómodos que instruyen las causas que le afectan y concluir con una guerra sucia urdida por la cloaca de Ferraz para amedrentar a quienes investigan.

Con su estrategia de invadir y controlar los espacios destinados a limitar el poder y sus excesos, Sánchez ha conseguido que la frontera que separa el Estado de derecho de un Estado al servicio de ese poder sea cada vez más difusa e inquietante para la salud de la democracia y para instituciones como la Guardia Civil, cuya cúpula, contaminada por la «corruPSOE», ha llevado a que sus jefes olvidaran que el uniforme que visten no es para servir a Sánchez y a su partido, sino a la ley. Me pregunto cómo pueden llegar por la mañana a sus despachos sin ruborizarse ante sus subordinados y sin que la vergüenza les reconcoma su mala conciencia después de haber deshonrado la divisa a la que juraron servir.