Marisol Oviaño-Vozpópuli
- Nuestra democracia se ha convertido en tal máquina de exprimir que la mayoría de los jóvenes rechaza ofertas de ascenso
El otro día vi un anuncio en el que una chica madrugadora aseguraba que, si le tocara el sueldo Nescafé de 2000€ para toda la vida, se jubilaría ya, a sus 30 años. Quizá hubiera entendido que nunca logrará ganar más de esos 2000€ que, en ciudades como Madrid o Barcelona, apenas dan para la supervivencia. Y que, aun en el improbable caso de que lo consiguiera, la inflación y el precio de la vivienda se encargarían de que ella no notara la mejoría. Probablemente la mayoría siempre ha soñado con el gordo de la Lotería para poderse retirar, pero ahora el desánimo entre la gente joven es total.
Aunque ya tengo edad de despotricar contra la juventud, creo que la generación de los millennials lo está teniendo más difícil que lo tuvo la mía, que, a su vez, lo tuvo mucho más fácil que la generación anterior. Los abuelos nacidos en la posguerra pasaron del franquismo a la partitocracia sin dejarse pelos en la gatera, y siguen creyendo que votar sirve para algo. Los hijos disfrutamos de una época en la que no había tantos políticos, tantas oenegés, tanta carga fiscal ni tanto empleado público, y muchos vemos necesario un reseteo completo. Los nietos sufren un infierno impositivo en el que no hay nada para ellos —ni siquiera plazas de guardería— y ya no creen en la política para cambiar las cosas.
Nuestra democracia se ha convertido en tal máquina de exprimir que la mayoría de los trabajadores jóvenes rechaza ascender en el trabajo. El aumento salarial que correspondería al ascenso queda en nada después de que el Estado pase a cobrar lo suyo: no les compensa subir otro peldaño laboral. Si a esto le añadimos que ahora el salario de un médico, un abogado, un arquitecto o un ingeniero —profesiones de gran responsabilidad— apenas dista unos eurillos de lo que cobra un reponedor de supermercado, se entiende que quienes podrían aspirar a más prefieran vivir tranquilos. Y eso por no hablar de que los vulnerablesnos cuentan con desparpajo en las redes sociales cuánto ingresan cada mes gracias a las distintas ayudas sociales, que en no pocas ocasiones es más de lo que ganan muchos trabajadores.
Privilegiados del alquiler
Hay quien piensa que las nuevas generaciones no tienen piso en propiedad porque pagan Netflix y son adictos a los viajes. Pero la realidad es que gracias al progresismo cada vez hay más trabajadores pobres, y muchos jóvenes se ven obligados a seguir viviendo en casa de sus padres porque el sueldo no les da para independizarse. Los privilegiados que pueden pagar un alquiler o una hipoteca —porque tienen pareja y juntan dos sueldos— apenas viajan, y rara vez lo hacen a destinos exóticos: en muchas ocasiones tienen que conformarse con pasar unos días en el pueblo de sus ancestros, no te fíes de las vidas falsas que te muestra Instagram.
Una de las cosas que podría reprochárseles es que gastan mucho en glovos y comida preparada de Mercadona. Sí, tú y yo sabemos que es mucho más sano y barato cocinar en casa para llevar el túper al trabajo, pero déjame mirar la cosa con perspectiva. Nuestra generación nunca tuvo que competir con personas del Tercer Mundo que trabajan por la mitad de sueldo —o incluso en negro— porque están dispuestas a compartir piso con otras diez personas. Y, además, salvo quienes trabajaban en polígonos o tenían que ir donde estuviera el cliente, quien más quien menos vivía cerca del trabajo; como mucho, a unas cuantas paradas de metro o/y autobús.
¿Ganas de cocinar?
En cambio, ahora los jóvenes viven muy lejos del curro. Y no siempre pueden desplazarse en coche, pues además de salirles muy caro, probablemente su vehículo de pobres tenga prohibido el acceso al barrio en el que esté su empresa. Así que pierden no menos de dos horas diarias —algunos incluso tres— en ir y venir en transportes públicos atestados e ineficientes. ¿Cómo les va a quedar ganas de cocinar para el túper cuando consiguen llegar a casa? De ahí que prefieran el teletrabajo.
Pero lo que me resulta más preocupante es que muchos sólo aspiren a tener tiempo para sacar al perro —los veo a diario con la correa del animal en una mano y el móvil, del que no apartan la vista, en la otra— y ni siquiera se planteen formar una familia. Desde mi punto de vista, esa ha sido la gran victoria del globalismo, infiltrado en todos los grandes partidos políticos. El único sentido que tiene la vida es la lucha, y la familia es una de las pocas razones por las que merece la pena luchar. Pero una sociedad de dueños de mascotas laboralmente desmotivados está lista para la renta básica universal. Y podremos decir entonces que al fin ha triunfado el socialismo.