Teodoro León Gross-ABC
- La peor aportación del sanchismo habrá sido naturalizar la desconfianza en los jueces poniéndolos bajo sospecha
Casi podría parecer una mala broma, pero el Gobierno Sánchez quedará como un arquetipo histórico de poder democrático pervertido al decidir situarse, más allá de los escándalos de corrupción, por encima de la ley. Se igualan a Orbán y otros líderes populistas en despreciar el Poder Judicial. Sus seguidores pueden creer ciegamente en esa cruzada desde la pasión polarizada, pero la realidad es que éste es un Gobierno que –más allá de la retórica hueca– no reconoce, e incluso desacredita, la acción de la Justicia. Es sencillamente acojonante.
Ahí está el marco. Ni siquiera necesitan conocer el contenido de una sentencia para saber que es injusta. Si les afecta, siempre es ‘lawfare’. Así las cosas, casi es lógico que se desentiendan de la literalidad al desplegar su relato de víctimas de una cacería. Como aquel crítico literario golfo al que su director le reprochó en cierta ocasión que notoriamente no leía los libros que comentaba:
-No los leo para no dejarme influir.
En el PSOE no leen las sentencias para no dejarse influir en su relato. En definitiva, si van a exclamar ‘¡lawfare! ¡lawfare!’, para qué enfrentarse a la verdad negro sobre blanco. Si la Justicia investiga a alguno de ellos, pasa inmediatamente a la condición de perseguido. Han construido un esquema perverso: los jueces persiguen a los progresistas por el hecho de ser progresistas, y a la familia de Sánchez por ser su familia. Los meten en el relato chusco de «el que pueda hacer que haga». Son consignas delirantes que se repiten día tras día desde Moncloa y Ferraz, y a fuerza de repetidas acaban por cuajar en sus fieles. Las sentencias les importan literalmente una higa. Minutos después de conocerse la condena del hermano, la portavoz del Gobierno o la nº2 del PSOE proclamaban su inocencia. Con todo el cuajo. En el caso de la mujer, ya le dan su absolución preventiva. Se han erigido en Tribunal Popular, esa perversión de tiempos oscuros.
Días atrás coincidían tres sondeos –el CIS y los grandes diarios afines: ‘El País’ y ‘La Vanguardia’– avalando el ‘lawfare’. Hay quien cree en los unicornios y las casualidades. Después de dos años persuadiendo a su clientela del ‘lawfare’, argumento comprado a los ‘indepes’ y firmado en el Pacto de Waterloo, ninguna sorpresa. Simple ‘efecto bandwagon’. Pero todavía hay que frotarse los ojos al ver ministros, portavoces, altos cargos hablando una y otra vez de cacería judicial, persecución, guerra sucia. El discurso de la vieja socialdemocracia periclitada ya es el mismo de Bildu o ERC. Son clones de Rufián o Aizpurua. No ya un tipo como Puente, el sicario de los trabajos más sucios en redes, sino todos. Hasta el penúltimo peón ha perdido el respeto a los tribunales situándose por encima de la ley. La peor aportación del sanchismo habrá sido naturalizar la desconfianza en los jueces poniéndolos bajo sospecha. Y eso ya no se corregirá en años.