- El Mundial ha puesto en pausa los escándalos del presidente, que no participó en la gran foto. Mejor. Él es pasajero; un Mundial es leyenda.
El Mundial ha regalado a España una proyección que ni los mejores analistas de La Moncloa se hubieran atrevido a vaticinar.
Es la tregua diplomática que cualquier dirigente anhela por la empatía espontánea que reverbera dentro y fuera de las fronteras. Y porque, qué leches, los éxitos deportivos amplifican la dimensión institucional de un país y aplacan momentáneamente los escándalos internos.
Estos se esfuman en favor de esa euforia colectiva que nos conecta más allá de nuestras diferencias y discrepancias. El fútbol no se discute, el fútbol se vive. Y cose.
En las últimas horas se han estrechado manos y han compartido palco autoridades difíciles de reunir incluso en la cumbre internacional mejor organizada.
Y, hoy, el mundo y España hablan de equipo y de país, y no de sentencias judiciales, corrupción o sospechas de interesado inflado del censo electoral.
El geopolítico estadounidense Joseph Nye desarrolló el concepto smart power o poder inteligente, una mezcla de las dos grandes herramientas con las que cuenta una gran potencia: el hard power o poder duro, que habla de la fuerza militar, la presión económica o la coerción; y el soft power o poder blando, que sería la capacidad de persuadir y atraer a través de la cultura, los valores y el deporte.
Y este equipo rojo de estrellas jóvenes y compadreo futbolístico ha proyectado este domingo la mejor cara de un país que en los últimos meses ha ocupado titulares internacionales por un calendario judicial que acorrala al presidente y a su partido. Es la tregua diplomática caída del cielo.
El deporte en general y el fútbol en particular se han utilizado históricamente como instrumentos de acercamiento entre naciones. Ahí estuvo la República Islámica de Irán intentando fortalecer su presencia en Latinoamérica en el último siglo con torneos internacionales; o a Rusia tratando de influenciar a quienes salían de los procesos de colonización en África a través del deporte.
El capitán de la selección española, Rodri, y el seleccionador, Luis de la Fuente, a su llegada al aeropuerto de Madrid-Barajas
Hoy, tenemos ese catalizador diplomático capaz de provocar efervescencias en el ánimo de quienes hasta hace dos días nos dedicaban sus peores palabras.
Los críticos callan
Como Donald Trump, que no quiso perderse la fotografía con los campeones en ese alarde casi infantil que le impide quedarse al margen de cualquier éxito, aunque no haya participado en él. El mismo presidente que tachó a nuestro país de ser un “aliado horrible”, que no “tiene remedio” y que “son malas personas”.
Y todo ocurre en el año en el que Estados Unidos celebra su 250 aniversario y donde España ha tenido que reivindicar por su cuenta el papel que desempeñó en la independencia estadounidense a través de figuras como Bernardo de Gálvez y de la ayuda material y económica prestada a las colonias rebeldes.
Dos siglos y medio después, España reclama un espacio por una vía distinta. No estuvo en primera línea en los festejos del 4 de julio (ni en segunda, ni en tercera), pero sí estuvo, y de qué manera, el 19 en el Estadio de Nueva Jersey/Nueva York, ante la atenta mirada del mundo.
Otro caso fue el de la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, obligada a tragar su discurso sobre el perdón español para celebrar en el podio la victoria incontestable de la Selección, apretón de manos con los Reyes incluido. No había hueco para reclamaciones políticas, sólo fútbol y ovación deportiva como lengua compartida y engranaje histórico.
El palco y el podio en el que coincidieron Trump, Sheinbaum y el Rey Felipe VI han otorgado ese extraño beneplácito diplomático que concede la euforia futbolística a dirigentes y ciudadanos. A ellos y a nosotros.
España ganó el tablero de las alianzas a través de lo deportivo. Ni siquiera el apoyo explícito de Benjamin Netanyahu a la Argentina de Javier Milei (su “verdadero amigo” en plena confrontación diplomática con el Gobierno español por su reconocimiento de Palestina) alteró el resultado.
Y este último, por primera vez, también calló. Calló tanto incluso que ni siquiera felicitó a la selección española, a la que, quién sabe, podría apoyar en un futuro alguno de los suyos teniendo en cuenta que los argentinos han sido los que más se han interesado por la ley de nietos: un millón ha reclamado la nacionalidad.
Terreno político
Se dice que el fútbol y la Corona es lo único que une a Bélgica. En nuestro caso, al menos durante el tiempo transcurrido desde el inicio del Mundial, el fútbol ha demostrado ser capaz de unir a los españoles. Y esa sí debería ser la verdadera “prioridad nacional”.
En plena batalla conceptual y lingüística por este concepto, la selección muestra una respuesta. Lamine Yamal y Nico Williams son probablemente los dos mejores símbolos de la transformación social que España ha vivido en las últimas décadas.
El primero, hijo de padre marroquí y madre ecuatoguineana; el segundo, hijo de padres ghaneses. Ambos son españoles de pleno derecho y representan al país ante el mundo. Sin dudas. Sin asteriscos.
Mientras se discute este concepto, España entera celebra a un mismo equipo sin pedirles el carné de identidad.
No se verá ninguna campaña institucional sobre convivencia o integración que pueda competir con esta imagen que concede el deporte y que deja historias de superación, como la de la madre de Nico Williams atravesando el Sáhara desde Ghana para buscar una oportunidad fuera de la miseria. “Ella escapó de la muerte y cruzó el desierto del Sáhara desde Ghana. Le di mi medalla porque se la merece mucho más que yo”, ha contado el jugador. Y toda España los abraza.
La historia está salpicada de este deporte que remansa las peores inercias. En la Navidad de 1914, en la Primera Guerra Mundial, soldados británicos y alemanes aparcaron las armas cerca de la ciudad de Ypres, en Bélgica, para echarse unos cigarrillos y jugar un partido de fútbol para olvidar las miserias de una contienda que los atenazaba de frío y morriña.
El fútbol apacigua y convierte al enemigo o adversario en un compañero.
La unión
Cuenta Adam Smith en la Teoría de los Sentimientos morales que la admiración que sentimos por los demás predispone a querer ser como ellos. Que el ser humano busca emular los comportamientos que conducen a la excelencia. Y esta es la que alcanzó ayer el equipo de Luis de la Fuente con un juego limpio y fraternal, en una celebración impecablemente elegante que dejó a Argentina a los pies de la marrullería.
Afortunadamente, Pedro Sánchez quedó fuera de la fotografía en el podio. La ceremonia reservó el protagonismo institucional español al jefe del Estado y al presidente de la Federación. El presidente del Gobierno permaneció en el palco y no participó en la entrega, limitando su papel al encuentro de ayer en La Moncloa. Y así tiene que ser. Él es pasajero; una Copa del Mundo es una leyenda.
El Mundial no va a solucionar ninguno de los problemas de España ni los problemas de Sánchez. No va a reducir el precio de la vivienda, no va a rebajar el coste de la vida, no va a hacer que pagues menos por la gasolina, que se aceleren las ayudas a la dependencia o se universalicen las guarderías públicas.
La inmigración volverá a agitar el debate político. Mañana declara Julito Martínez para inculpar a Zapatero en el caso de Plus Ultra y en la primavera del próximo año se espera el juicio a Begoña Gómez.
Tampoco calmará el enfado de Trump por la aportación española a la OTAN ni librará a Sheinbaum de reclamar las disculpas por la llegada a América.
Pero España, hoy, quiere celebrar lo que la une. Esa es la magia del deporte, que nos arranca momentáneamente de nuestras trincheras, nos empapa de entusiasmo y nos unta de sororidad.
El desconocido se vuelve compatriota, el adversario político es otro aficionado más y el país deja de ser a ojos del mundo una suma de agravios para convertirse en el mejor equipo de fútbol.
A Pedro Sánchez le ha caído una tregua. Pero, como en la Primera Guerra Mundial, será sólo instantánea.