- No existe justificación alguna para el comportamiento de los aprendices de terroristas que fueron a violentar la sacrosanta libertad que bilbaínos y navarros poseen de poder ver un partido de la selección española de fútbol
En el país en que un chiste sobre un partido de fútbol se convierte en un incidente diplomático que se puede llevar por delante la planta de Renault de Valladolid –entienda el lector la ironía–, resulta que la violencia heredada por los renacuajos de ETA no merece ni una sola palabra del Gobierno. La enorme montaña mágica y feliz de la celebración de la victoria del Campeonato del Mundo de Fútbol nos ha tapado algo sumamente grave: la reconfirmación de la anomalía política que se vive en el País Vasco y Navarra. Bilbao y Berriozar, con encapuchados y violencia traicionera, a la espalda, como siempre los cobardes, han sido testigos de que la normalización de aquellos lares está muy lejos de lo deseable. Lo peor es que ni una condena del gobierno sanchista, tan presto a pedir disculpas a Macron y tan lejano a dar tranquilidad y seguridad a su ciudadanía.
No existe justificación alguna para el comportamiento de los aprendices de terroristas que fueron a violentar la sacrosanta libertad que bilbaínos y navarros poseen de poder ver un partido de la selección española de fútbol. A la falta de justificación se une la cobardía. Atacar por sorpresa y encapuchado es la mayor demostración de la carencia de arrojo. Es lo que siempre tuvieron los etarras: pavor a los valientes. Pero el mayor espanto viene de la mano de un Gobierno instalado en la impostura moral permanente, incapaz de decir ni una sola palabra sobre los ataques violentos y terroristas a la sacrosanta libertad.
¿Dónde estaba Marlasca en todo el día de ayer? ¿No le informaron los servicios de información de la Guardia Civil? ¿Considera Sánchez que esa es la España democrática y de convivencia? ¿Creen los nacionalistas violentos que el resto de España no puede responderles?
Adolfo Suárez estaba obsesionado por levantar una España democrática cimentada en el Estado de Derecho. Por eso sufrió los peores años de los pávidos etarras, tan valientes por la nunca y tan temerosos cara a cara. Desde entonces, se ha demostrado que a capones de la kaleborroka y la violencia generalizada se les puede responder de muchas y sofisticadas maneras. Claro que, si tienen de cómplices a los miembros del Gobierno, la solución se pone más cuesta arriba, pero al final siempre se impone la inteligencia y el sentido común.
España disfrutó este domingo de una gran fiesta nacional celebrando el triunfo futbolístico, pero estamos obligados a detectar la violencia de esas pequeñas tribus instaladas en el odio, de apenas unos miles de votantes, que no creen en la democracia y que, por tanto, habrá que expulsarlas de ella, como ya se hizo en otros muchos lugares de esta Europa, mitad sorda, mitad civilizada.