- Ha ganado España. Bien. Viva España. Bien. Gentes como la banda de los 61 tratan de neutralizar el tropo llamando «la Roja» a la selección. Dos pájaros de un tiro: evitan nombrar la única Nación y ensucian las gestas con ideología
Llamar «España» a la selección española de fútbol es una virtuosa sinécdoque (la parte por el todo o viceversa). Las sinécdoques suelen ser viciosas. En fútbol, antes, durante y después de los grandes partidos, como el del pasado domingo, pueden resultar pavorosas, infames. No así la designación de la selección. Los seguidores se echan a la calle con la bandera de España, gritan «viva España» o cantan machaconamente «yo soy español, español, español». Según donde cantes dicha letra —pongamos el Toledo que me acoge— esa narración de escueta trama, mera afirmación de la propia nacionalidad, no acaba de cuajar por obvia. Pero si la repiten y repiten por las calles centenares de miles de catalanes entusiasmados, incansables, después de un triunfo de España, es precisamente por lo poco evidente que les parece ser lo que son. La alegría viene de tener una razón para recordarlo.
No hay nacionalistas españoles, salvo error en el concepto o empeño superfluo. Nacionalistas (seguidores de una ideología siempre destructiva) son los que te imponen la inmersión lingüística violando sentencias judiciales, como le pasó a la hermana de Messi cuando el incombustible extraterrestre trabajaba en el Barça, provocando el llanto insistente de la niña y su eventual regreso a la Argentina. Messi lo contó. Tocó el tabú que en Cataluña te coloca entre los enemigos, los indeseables y, si tu cara es conocida, entre los que merecen una lección. Graduable: del insulto en los restaurantes a la agresión callejera. De no pocas me libraron los escoltas de la Policía Nacional (no creo en los Mossos para estas cosas). He ahí una de las razones por las que nunca olvido sus derechos, meticulosa y perversamente pisoteados por Marlaska y su cúpula. Sin olvidar la cópula. La del Gobierno con los golpistas, gentuza violenta que se hace la víctima. Pero volvamos a Messi: su crítica a la inmersión la pasaron por alto. Para entonces le atribuían milagros, goles a las 17:14 (aludiendo a la derrota austracista en la guerra de Sucesión).
Intenten trazar bien, por favor, la línea que limita la sinécdoque nacional. Ha ganado España. Bien. Viva España. Bien. Gentes como la banda de los 61 tratan de neutralizar el tropo llamando «la Roja» a la selección. Dos pájaros de un tiro: evitan nombrar la única Nación y ensucian las gestas con ideología. Solo lo hacen los periodistas zurdos, claro. Nunca he dado con nadie que llame «la Roja» a España (persisto en el tropo). Salirte de los límites virtuosos de la figura retórica te convierte en un patán. Fíjate, primero caes en la tentación bonachona: «es que cuando los españoles vamos a una…» Prepárate para un insulto sectario al final de la frase; espera un «fascista» elíptico. Revolcarte en sinécdoques alusivas al equipo contrario puede llevarte al gruñido. Ojo. Personas que parecen normales atribuyen de repente a la nación de Borges, Bioy Casares, Sábato, Cortázar y Artl, a la nación de Javier Milei, los quilombos de un tal Leandro.