Juan Carlos Girauta-El Debate
  • El que dice «Estado español» o «la España diversa», «la España de progreso», «la España sin pulseritas», etc., no habla de España. Habla de su incapacidad para ser feliz y celebrar su fortuna

Andan cabizbajos. De natural inmaduro, resentido y un tanto histérico, el zurdo medio de la calle no sé dónde está. La culpa es mía, pues no tengo trato con ninguno. Bueno, con dos que no van a votar, así está el patio. A los políticos no los cuento. Pero el zurdo mediático, el de TVE, la Sexta y tal, viene quebrado, frustrado, consumido, transido de dolor. Menudo contraste con el resto de España (sin adjetivar), amiga de la noche y de la canción, la España de los diestros. Van ahí dos restricciones al modelo «Estado español», al timo de la España adjetivada. Un modelo perverso; si quieres, te comparo a unos militares españoles tranquilos viendo la final del mundial con unos malnacidos del «Estado español» atacando por sorpresa a los primeros. Los terroristas y sus admiradores solo mencionan la Nación común para llamarla puta. Tiran de lo visto en casa, claro. El que dice «Estado español» o «la España diversa», «la España de progreso», «la España sin pulseritas», etc., no habla de España. Habla de su incapacidad para ser feliz y celebrar su fortuna.

Conste que se lo digo, lector, siendo diverso entre lo diverso, siendo progresista de verdad (de la tecnología, no hay otro progreso; el hombre no progresa), y con un acento catalán que no acaba de irse. Pero lo pienso y siento: sería un imbécil si, siendo español, me empeñara en negar la realidad. O quizá un loco, una víctima de la inmersión ideológica, un ignorante. No importa. No hay que pedirle a nadie que sienta lo que no siente. Hay que pedirle que no nos lo pida a nosotros. Y devolverles todo, como exigen: impertinencias, escarnios y demás.

En resumen, hay boquilla en el contento: los zurdos están destrozados. Con el truco de la Roja pensaban capitalizar de nuevo un éxito de España. Sin embargo, Sánchez, en la ceremonia, contó menos que el gato. Esperaban que los goles decisivos vinieran de un chaval aprovechable para lo suyo. Le han dedicado muchas más portadas, planos y tonterías que a cuatro o cinco compañeros que lo merecían más. No eran musulmanes, mala suerte, ni hijos de uno que busca pelea en las carpas de Vox.

Pero el gol imborrable, el gol que se coloca al nivel de lo de Iniesta, el que veremos centenares de veces con placer inmarcesible, lo marcó un joven pronto ataviado con la gorra trumpiana. ¡La roja! Todo esto contribuye a un cabreo zurdo que los desaforados no logran disimular. Hay que estar políticamente ciego para creer que sacarás rédito denunciando al héroe del Mundial por tener pisos. Ciego como la formación donde se esconden las siglas de los asesinos de Paracuellos. ¿Qué pasa? ¿Les parece poco conciliador? Quizá, pero tiene la ventaja, frente a las afirmaciones históricas de la memoria democrática, de ser verdad. Los sanchistas más arrastrados de TVE se largan. Zapatero afirma estar muerto al no querer comerse Julito su marrón. Los zurdos lloran. España ve la luz.