Ignacio Camacho-ABC
- La sede de la final es un pulso geoestratégico donde Marruecos está poniendo todo su creciente capital de influencia en juego
La Copa del Mundo de fútbol de 2030 comenzó cuando Trump entregó el trofeo de la de 2026 al capitán de la selección de España. Será Luis de la Fuente quien deba encontrar el modo de volver a ganarla, pero antes hay una tarea que hacer y se trata no sólo de la gestión meramente organizativa sino de la diplomática. Porque será el primer Mundial a celebrar entre dos continentes y aún no está resuelto si la final tendrá lugar en Madrid o en Casablanca. Marruecos está pujando fuerte por albergarla y tiene a su favor el capital de influencia que viene acumulando con su reciente línea de alianzas y, en especial, con su acercamiento económico, militar, logístico y geoestratégico a la Administración norteamericana.
El pulso no es deportivo. Tal vez ni siquiera financiero, un aspecto determinante en las esferas rectoras del negocio futbolístico, atentas a los descomunales réditos de la televisión, la publicidad y los patrocinios. La decisión va a depender en gran medida de la correlación de fuerzas en el ámbito político, es decir, de la capacidad de presión que sepan ejercer las dos naciones en litigio. (Portugal no parece contar a estos efectos salvo que sepa explotar una solución tercerista en su propio beneficio). En ese sentido, mientras el Gobierno español ni siquiera se ha pronunciado con claridad por Madrid para no incomodar al nacionalismo catalán, el régimen alauita lleva tiempo trabajándose al dirigente de la FIFA, Gianni Infantino, siempre permeable a los asuntos del bolsillo.
El reciente escándalo de la Copa de África debería bastar para sacar a Marruecos de la carrera frente a un país que acaba de ganarse en el campo la segunda estrella. También la abrumadora superioridad española en infraestructuras deportivas, energéticas, de transporte y hoteleras. Sin embargo hay otros factores que cuentan: el apoyo de las federaciones africanas, que resultó esencial para sacar adelante la inicial candidatura ibérica; las privilegiadas relaciones de Mohamed VI con las monarquías del Golfo y las presidencias estadounidense y francesa; las facilidades que Rabat concede a la inversión extranjera. Y, por qué no, la patente sumisión del Ejecutivo sanchista ante un vecino capaz de plantearle conflictos de muy diversa naturaleza.
La hipótesis plausible de un vuelco electoral a lo largo del próximo año parece tener a Pedro Sánchez poco interesado en una cuestión cuyo desenlace puede trascender la duración de este mandato. Pero si se adelanta el calendario, un revés en plena precampaña evidenciaría aún más el desgaste de su liderazgo. Acostumbrado al poder duro, a una hegemonía interna manejada con pulso autocrático, queda por ver cómo se desenvuelve en el ámbito del blando, ese difuso conjunto de interruptores silenciosos que mueven resortes subterráneos. Sus últimos movimientos en el plano internacional le dejan pocas bazas a mano y muchos flancos débiles a merced del adversario. La euforia colectiva de estos días no merecería acabar en la dura digestión de un fracaso.