Ignacio Camacho-ABC
- Los ministros han empezado la carrera por ocupar puestos de relieve fuera del Gobierno. Es la señal de que se acaba el tiempo
Ha empezado la desbandada. La terquedad negativa de las encuestas ha desatado en el Gobierno la voz de sálvese quien pueda. Quedan meses, no demasiados, para seguir los pasos de Teresa Ribera y procurarse alguna bicoca en instituciones globales o europeas. Pedro, que sigue pensando en atrincherarse en la oposición si la previsible derrota no es demasiado contundente, quiere situar piezas en posiciones estratégicas y sus pretorianos aspiran a ver premiada la lealtad con que han desgastado sus carreras. Alguna candidatura, como la de Planas en la FAO, es de impecable idoneidad técnica pero la de Yolanda en la Organización Internacional del… ¡Trabajo! ha suscitado rechifla general y disparado el dardo rencoroso de Pablo Iglesias. La silla más importante es sin duda la del Banco Central, y habrá que ver hasta qué punto la Moncloa se implica en ella o la usa como baza de intercambio para las que de verdad le interesan, habida cuenta de que al fin y al cabo Hernández de Cos no es de los suyos por mucho prestigio que tenga.
El desparrame, al que pronto habrá que sumar los ministros obligados a dejar el Consejo para perder en las autonomías, es la señal de que se acaba el tiempo. Hay que preparar el relevo dejando gente de confianza acomodada en el mayor número de posible de puestos, sobre todo en los organismos `independientes´ cuyos mandatos tienen plazos tasados que la alternativa deberá respetar sin más remedio. En la Comisión de la Competencia, por ejemplo, ya han tomado las medidas pertinentes al respecto, con seis años por delante asegurados para el presidente y los consejeros recién electos. Pero si se produce el vuelco vaticinado en los sondeos, el PSOE se puede quedar en primavera, en verano como máximo, con un territorio de poder bien escueto y una capacidad muy limitada de repartir sueldos. Ésa también será una herencia de Sánchez, el de un partido estrangulado por falta de recursos financieros y sin posibilidad de obtenerlos por la vía subrepticia que le va a costar la imputación corporativa a breve término.
El nivel de confianza es nulo. Lo van a intentar de todos modos pero del líder abajo nadie tiene dudas sobre el resultado. El horizonte más benévolo es el de minimizar el descalabro. Sólo los más fieles o más disciplinados se aferran con exigua convicción a la posibilidad de un milagro. El otro día le dijo Page al colega Juanma Lamet que el entorno sanchista está convencido del fracaso y por eso piensa estirar la legislatura al máximo. Al menos los candidatos territoriales y locales tienen asegurado un escaño; el resto tendrá que apañarse con las migajas del reparto –va a haber tortas por puestos de salida–, buscarse la vida muy a su pesar en el sector privado o retornar a las abandonadas plazas de funcionario. Así que mientras la orquesta del Titanic toca las últimas melodías del repertorio en la zona noble del barco, la oficialidad de mayor rango se dedica a botar lanchas para escapar del naufragio. Los sitios son escasos y están muy cotizados.