Luis Ventoso-El Debate
  • ¿Cómo puede ser que una mujer que es ingeniera, aunque le costase 9 años, y que parece normal compare a Feijóo con Hitler? ¿A qué atienden esos odios?

Diana Morant, de 46 años, es una valenciana de Gandía que desde hace ya un lustro ocupa el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Una cartera absurda, toda vez que existe un Ministerio de Educación, y que solo atiende a la inflación de ministerios provocada por Sánchez con su coalición con el comunismo populista/ populachero.

Diana es también la candidata del PSOE en Valencia. Pero no cuaja. Arrastra unas encuestas más tristes que el final de Campeón, tal vez el desenlace más lacrimógeno de la historia del cine. En realidad no hace nada en su ministerio. Se dedica casi a tiempo completo a hacer campaña en su tierra, aunque le pagamos para lo contrario. Jaume Lita acaba de contar en El Debate que lleva 26 días sin un solo acto oficial en calidad de ministra de Ciencia.

Lógicamente, el gran público no presta la menor atención a una dirigente que no hace nada, ni nada importa. Pero esta semana se ha colado en los titulares con una comparación más propia de un exaltado pasado de copas que de una persona que es ministra de una nación del nivel de España. Entrevistada en el programa de Javier Ruiz, el apologista más servil de Zapatero y Sánchez, Diana Morant se vino arriba cuando le preguntaron por el balance de fin de curso de Feijóo e hizo la siguiente comparación: «Está dibujando un camino que se parece cada vez más a gobiernos criminales como el de Hitler».

Hay que repetir lo de siempre, incluso a fuerza de aburrir: en cualquier otra democracia, una ministra que compara al líder de la oposición con Hitler, uno de los más atroces genocidas del siglo XX, dimite ese mismo día, porque hay cafradas que te cuestan el puesto. Aquí Morant ni siquiera ha pedido disculpas y en su siguiente comparecencia, en la Universidad de Elche, mintió y dijo que no había comparado a Feijóo con Hitler, cuando lo hizo claramente, y tuvo el cuajo de pretextar que su insulto tiene una «base científica».

¿Por qué una persona que en principio debería ser más o menos normal incurre en estos delirios de odio sectario? ¿De qué zoo político ha salido esta tropa? Morant, soltera y sin hijos, de apariencia elegante y buen porte, suele resaltar sus orígenes humildes, recordando que «mis abuelos eran criados». Su padre trabajaba de electricista y su madre como costurera. Ella y su única hermana estudiaron la EGB en un colegio católico concertado, el bachillerato en un instituto y luego se hicieron ingenieras. En mi etapa universitaria, a los que hacíamos Periodismo nos vacilaban con lo de «las tres pes» (Periodismo, Pedagogía y Psicología), diciéndonos que eran las tres marías de la Universidad. Por el contrario, siempre han merecido admiración las ingenierías y su dificultad, por ejemplo los famosos «telecos», que es en lo que se graduó Diana tras nueve años a ello.

Tras licenciarse, trabajó tres años en el sector privado, hasta que se afilió al PSOE e inició su carrera en la vida municipal de Gandía, convirtiéndose en su alcaldesa en 2015. Allí seguía cuando Sánchez la convirtió en ministra florero y, más tarde, en candidata y jefa del PSOE valenciano.

Y vuelvo a la pregunta: ¿Por qué una persona de trayectoria más o menos normal se vuelve tarumba y compara a Feijóo con Adolf Hitler? La respuesta es fácil: porque está enferma de fanatismo ideológico y nerviosa porque el gran público no la traga. En algún momento de su juventud le inculcaron el odio de clase, un absurdo victimismo respecto a sus orígenes humildes y una aversión obsesiva a la derecha, los ricos y los poderosos, bien barnizada con las preceptivas gotas de guerracivilismo.

Esta señora podría haber hecho la lectura contraria. En la etapa final del franquismo se desarrolló una clase media española, que siguió avanzando con un excelente salto hacia adelante durante la Transición y en los años ochenta. El resultado es que las nietas de los que ella llama «criados» pudieron ir a la universidad, se hicieron ingenieras y una de ellas incluso llegó a ministra. Es una historia de éxito, que habla muy bien de lo que pasó en España durante esas décadas.

El PSOE se ha convertido en una máquina de predicar división, resentimiento y victimismo, amén de reabrir antiguas heridas para intentar flotar sobre el odio ideológico. Tan cutre manera de ver el mundo ha intoxicado a muchas personas, en especial a las que viven del partido.

Diana no ha dimitido, como debería. Incluso se ratifica. Pero en breve los votantes le harán un Marisu y la pondrán en su sitio. No va a rascar bola en las autonómicas, porque la gente, que es más sensata de lo que a veces parece, no quiere exaltadas al frente de los gobiernos, aunque vayan de ministras posh, con un cuidado peinado bob, un estudiado vestuario y unos modales suaves.

España necesita un giro a la moderación, y no solo en la izquierda.