Editorial-El Correo
- El lehendakari traslada su preocupación por polémicas que llevan la lengua al «ámbito del conflicto» y subraya el desafío de aumentar su uso social
La carta, escrita íntegramente en euskera, que Imanol Pradales hizo pública ayer a través de su cuenta en una red social traslada su manifiesta preocupación por la serie de polémicas que en los últimos tiempos han situado la lengua vasca «en el ámbito del conflicto». «Eso no es bueno», concluye el lehendakari, y hay que coincidir con él en que episodios como los incidentes de utilización política de la Korrika, la anulación judicial de exageradas exigencias de perfiles, el blindaje de las OPE o los ceros en la prueba de la PAU colman de ruido un debate público que, en todos los asuntos, siempre se beneficia de la serenidad.
Su recomendación de «calma y sosiego» solo puede ser bienvenida, aunque venga precedida por el desapego con el que se refiere a «los consensos de 1982», los acuerdos transversales para el avance del euskera que precisamente nos han traído hasta aquí. Hay que felicitarse con Pradales de que un millón de ciudadanos conozcan la lengua, tres de cada cuatro entre los de 16 a 24 años. Y compartir con él que el gran desafío pasa no solo por conseguir que haya cada vez más euskaldunes sino por que estos además incorporen el idioma a su realidad cotidiana, más allá de ámbitos educativos o profesionales. Un reto que se está demostrando complicado, tal vez por la confusión interesada entre protección normativa y estímulo imaginativo del aprendizaje y el uso. Y por la insistencia en introducir sentimiento nacional a la hora de impulsar legítimamente un vehículo de comunicación que debe exprimir todas las posibilidades que ofrece la evolución tecnológica.
Si para el lehendakari la «gran pregunta» es «¿cómo un pueblo pequeño puede seguir revitalizando su lengua minorizada en el siglo XXI?», una ciudadanía plural como la vasca se ve más reconocida cuando Pradales admite que «los avances no van a ser, en ningún caso, consecuencia de la imposición». Y cuando añade que «el gran salto del euskera lo daremos como sociedad, o no lo daremos». Del mismo modo que disfruta de la buena salud de la cultura en los dos idiomas oficiales de Euskadi. Y se inquieta, en apariencia más que sus dirigentes, por algunos resultados preocupantes del sistema educativo. En el debate al que invita el Gobierno vasco a ciudadanos y agentes sociales para revitalizar la lengua habrá espacio para los inmigrantes. Porque de eso se trata, de sumar voces, voluntades y acuerdos lo más amplios posibles.