- lo que es para nosotros abominable. Pero, la naturaleza no conoce monstruos. No conoce nada. Anuda sólo determinaciones. En cuya red, imágenes y escenas permutan todas sus posibilidades. Es una despiadada indiferencia, sin más ley que la de la combinatoria
El fuego. Al despertar, hay partículas de ceniza que, durante la noche de ventana abierta, motearon el escritorio. Se truecan milagrosamente en nada al roce de mis dedos. Sin dejar siquiera un rastro. Tan ingrávidas como polvo en alas de mariposa. Igual de bellos, sus matices de platino se deshacen en el aire. ¡Estoy, sin embargo, tan lejos del fuego, aquí, en el corazón viejo de Madrid! ¿Cómo pudo llegar hasta esta buhardilla esa mínima huella terminal de un fuego tan ajeno al ordenado mundo en que vivimos? La sierra, que se abrasa, queda lejos. Pero átomos dispersos del incendio serpentean minúsculas cascadas sobre la pantalla negra del ordenador, como píxeles y cifras en una excesiva película de ficción futurista. Y un vago perfume acre hace extraño el aire.
Hacia el cielo, la mirada se enreda en una gasa dorada muy tenue. Me digo, con remordimiento, que hay en ese como aliento sucio que se deslió en el inmenso azul del horizonte madrileño, una innegable belleza. Monstruosa. Así suele acaecer con todo cuanto en la naturaleza llamamos desmesura: lo que es para nosotros abominable. Pero, la naturaleza no conoce monstruos. No conoce nada. Anuda sólo determinaciones. En cuya red, imágenes y escenas permutan todas sus posibilidades. Es una despiadada indiferencia, sin más ley que la de la combinatoria. Sí, son verdad hiriente –y también resignada– los versos de Leopardi que nos susurran que no, que no tiene, ciertamente, en mayor estima o mimo esa naturaleza a la semilla del hombre que a la de la hormiga. Porque hormigas, al fin, somos todos en las combinatorias del titánico envite de sus juegos. Un piadoso pensador barroco concedía a los humanos el distinguido privilegio de saberse aniquilables, frente a las ciegas fuerzas naturales que todo lo aniquilan sin siquiera saber que triunfaron ellas. Pero no estoy seguro yo de que eso consuele mucho a nadie.
En algún lugar, Borges –si mi memoria no me engaña demasiado, en más de uno– reduce toda la historia de la literatura a las prolijas –pero no infinitas– combinatorias de un escueto puñado de metáforas. El fuego es, con bastante seguridad, la primera. Un muy conocido relato de Cortazar cristaliza esa intemporalidad del mito, a través de la misma hoguera que sucede en dos tiempos que separan dos milenios. Pero, entre la Roma del siglo primero y el París de mediados del veinte, en los que el cuento despliega sus estrategias, uno solo es el fuego. Idéntico, inalterable. Y uno el destino de cosas y hombres a los que el fuego reducirá a nada. Nosotros. Misma aniquilación, mismas pasiones, igual ceguera. Siempre.
¿Dónde nació, para esta achacosa cultura nuestra, esa tal fascinación literaria del incendio? Fuego mítico de Troya, a cuya luz los héroes iniciarán su travesía de destrucción y sombras. Fuego sacrílego que alumbra Tito, en abril del año setenta, y que fijará en un pueblo entero la memoria intemporal del Templo, del humo del Templo, ya para siempre solo habitáculo del alma de sus fieles huérfanos. Fuego trivial de la Atlanta, en cuyo parpadeo dos amantes ven desaparecer el Sur en una noche que conmovió en salas de cine a dos o tres generaciones…
Las motas de ceniza –ingrávidas escamas unas, átomos que se desmoronan en cascada sobre el brillo azulado de la pantalla del ordenador las más– perseveran, sin siquiera revelar al que escribe por dónde llegaron. Ni retener su tacto. Las trajo de lejos un aire, amablemente fresco en esta madrugada inesperadamente suave de verano. Tal vez. Sin duda, las trajeron a mi ánimo dos líneas, todavía más lejanas, de la perdida Recopilación de opiniones en la cual Aecio deja constancia de su asombro –y, tal vez, su desagrado– ante la monstruosa doctrina de un maestro griego que, medio milenio antes de él, «declaraba que el eterno fuego periódico es Dios y es destino». Crueles ambos. O, peor aún, desafectos. «En la naturaleza no se da ninguna cosa singular sin que se dé otra más potente y más fuerte. Dada una cosa cualquiera, se da otra más potente por la que ella puede ser destruida». Y lo será. ¿Serenidad o desconsuelo? El fuego.