- No se puede aceptar la coartada de la «emergencia climática» para tapar la inutilidad, los errores y el sectarismo vigentes
Hay que empezar por el principio: con los incendios no hay una única causa, ni un único culpable, ni un único responsable. Ningún problema complejo tiene un origen sencillo ni se puede explicar con una solitaria razón, sea la «emergencia climática» o su némesis, la «Agenda 2030».
Cualquiera que lo resuma todo con algo así estará equivocándose o, peor, mintiendo. Lo ha hecho Pedro Sánchez, que le echa siempre la culpa de todo al «cambio climático», que es la mejor manera de eximirse de toda responsabilidad. Y lo hacen, igualmente, quienes señalan a los burócratas de Madrid o de Bruselas. Desconfíen de maximalistas, de profetas de toda laya, y vayan a quienes, con la ciencia en la mano, hacen un diagnóstico más transversal, sin brochazos, cogiendo cada uno de los factores que explican cada tragedia.
Con un preámbulo: todos fallan, un poco o mucho, porque tan cierto es que los incendios son feroces como previsibles. Se repiten cada año por las mismas fechas, se comportan de manera similar, tienen razones parecidas y detonan en unas circunstancias no muy distintas: es decir, permiten su estudio y la adopción de medidas con suficiente tiempo. Y, sin embargo, sucede todo de nuevo, en cada rincón de España, en un bucle infinito al que no debemos acostumbrarnos y del que todas las administraciones tienen su dosis de responsabilidad.
Yendo a las fuentes técnicas y huyendo de los gurús de la nada, pueden identificarse algunas causas, más concretas que la evanescente «emergencia», que lo mismo vale para la Dana que para un apagón y, al paso que vamos, para las joyas de Zapatero o la ausencia de Presupuestos Generales durante toda una legislatura.
Es obvio que el fuego prende más y mejor allá donde hay materia de combustión: no es lo mismo tirar una cerilla en un vaso de gasolina que en un estanque, y el campo español es un estanque al que nunca le van a faltar cerillas, sean las de un pirómano o las de un rayo o las de un accidente fortuito. Nuestro estanque se ha llenado de masa forestal por un cúmulo de circunstancias que nadie en su sano juicio puede negar: los pueblos se vacían, la ganadería y la agricultura reculan, el mantenimiento natural del monte que hacían el ser humano y los animales se ha reducido espectacularmente y el aprovechamiento de toda esa «leña» como energía renovable es ínfimo: la biomasa es la hermana pobre del sector, que apuesta por los parques solares sin tener en cuenta esa alternativa ni el coste que tiene para el sector primario.
Si juntas el déficit de cabras, de ovejas, de cabras y de agricultores con el exceso de madera seca, por resumirlo gráficamente, solo hace falta una chispa, que siempre llega. Alguien tendrá que explicar por qué la política forestal, que tiene que ver con el cuidado del medio rural pero también con el urbanismo, no merece ninguna atención, a pesar de los incontables avisos de los expertos en la materia: dejar el monte a su suerte le resta a un país una fuente de energía valiosísima, pero además multiplica hasta el infinito el peligro de fuego.
Luego está la insuficiente inversión tecnológica en detección rápida del peligro, la escasa dotación de recursos humanos y técnicos durante todo el año y cuando detona la bomba, la alocada permisividad con determinadas construcciones en medio de la naturaleza, la insólita ristra de reglamentos y leyes intervencionistas en todo menos en lo importante, el mediocre mantenimiento del tendido eléctrico y el dramático éxodo desde los pueblos a las ciudades, entre otras muchas razones que los expertos sabrán explicar y aumentar mejor que este humilde escribidor.
Más fácil es aún acertar en una conclusión: todo esto no tenía que pasar, o no al menos con esta dimensión tercermundista. Cada alcalde y cada presidente autonómico se lo tiene que hacer mirar, con honestidad y sin cálculos, porque ellos tienen una parte de responsabilidad: la que les reconozca la legislación, a la que siempre le pueden añadir la activación de la alerta o la denuncia si quienes están por encima no hacen sus deberes, que no los hacen.
Y lo mismo el presidente del Gobierno y los ministros más concernidos: es deplorable verles cacarear eso de la «emergencia climática» sin ninguna autocrítica, sin disposición a revisar sus mantras, sin ninguna gana de reconocer errores obvios y sin la menor intención de reflexionar, rectificar y aplicar otras políticas, de la mano de quienes saben, sin el sectarismo ideológico habitual, mezclado siempre con un perverso deseo de convertir cada tragedia en una oportunidad contra el rival político de turno. A ver si todos se enteran: todos son responsables, en el grado que sea, y todos deben mirarse al espejo y elegir si siguen siendo pirómanos o, por una vez, ejercen de verdad de bomberos. Empezando por Pedro Sánchez, que para eso es el presidente: ya está bien de viajar por el mundo como heraldo del ecologismo y luego ver cómo España arde o se inunda, según la época del año, sin que a él le preocupe otra cosa que no sea cargarle el marrón al pepero de turno. Un poco de altura, por una vez, presidente.