Editorial-El Correo

El presidente del Gobierno, en su tradicional balance del curso político antes de las vacaciones, no se limitó a desgranar lo hecho por su Ejecutivo en el periodo sujeto a examen, sino que hizo extensiva su complaciente evaluación al conjunto de sus tres mandatos. Fue una versión tan airosa de las políticas desplegadas que quedó en el ambiente la sensación de que Pedro Sánchez siembra el terreno para una prolongada precampaña electoral, pues volvió a situarse en el horizonte de agotar el cuatrienio al enfatizar que él y sus ministros tienen «un año» por delante para, según dijo, seguir garantizando los derechos y el bienestar de la ciudadanía frente a las derechas. Ese ‘o yo o el caos’ le aguantó para forjar una precaria mayoría en julio de 2023. Pero que siga aferrándose a esa baza, con la legislatura empantanada por su pérdida de apoyos parlamentarios y las causas por corrupción, evidencia más debilidad que fortaleza. En la lectura benéfica de su gestión no pudo evitar el irremediable contraste entre la imagen inaugural que entonaba un canto a la obligada limpieza en la vida política e institucional y el espejo de este Ejecutivo -y de él mismo- cercado por la mancha de unas irregularidades sobre las que no ofreció autocrítica alguna.