Juan Carlos Viloria-El Correo

  • El Gobierno nunca acepta la mínima responsabilidad política, ni en Ceuta ni en los incendios

Pedro Sánchez cerró el curso político con un balance sesgado y desmemoriado pero autosuficiente y pretencioso, para quien ni siquiera ha presentado al Parlamento la obligada ley de Presupuestos Generales del Estado y ha perdido por el camino el apoyo del grupo de la investidura. Pues, con todo y con eso, se sacó de la chistera un eslogan: «Somos el Gobierno de la gente» . Que tiene toda la pinta de convertirse en la consigna neurálgica de la temible campaña electoral cuando se convoquen las envenenadas elecciones generales. Parece que decae, por usado, el mantra petulante de gobierno de coalición progresista en favor del populista, gobierno de la gente. Tiene que ver con la decepción de la operación Yolanda y el consiguiente desmoronamiento a la izquierda del PSOE marcado por el sectarismo y la simplificación social-comunista de ricos y pobres; los de arriba y los de abajo; los trabajadores y el resto. En el fondo tiene parte de lógica porque la política económica de los ocho años de Gobierno se ha difuminado, a base de otra vuelta de tuerca fiscal en favor del clientelismo y la subvención a la sufrida clase media española.

Hay también en este eslogan de la gente un intento de desclasificar el sanchismo respecto a los usos y costumbres dentro de la democracia moderna y las acepciones más comunes de conservadores y socialdemócratas; liberales, radicales, populistas, social-comunistas, etc. Gobierno de la gente viene a sugerir un marco digamos catódico, televisivo, en el cual la gente es el público que aplaude cuando el presentador le concede el premio en el concurso. Es el equivalente a cómo ha entendido el gobierno de la gente que la manera de mantenerse en el poder es operar como un dadivoso y generoso gobernante-presentador de TV con sus cheques regalo, subvenciones, chiringuitos y la manguera del dinero constantemente regando el huerto. Porque el propio diccionario de la Real Academia ya lo tiene definido en la segunda acepción del sustantivo ‘gente’ como: «Conjunto de quienes dependen del que manda». Esa acepción es la que más se ajusta a la realidad. Sánchez quiere que la gente dependa de él; quiere quedarse con la gente. En ambos sentidos. Atrapar todo el voto del abanico plural sin distinción de ideología y presentarse como el cambio climático y los incendios que no tienen ideología. Pero también intenta quedarse con la gente en el sentido del argot más callejero. Es decir, pidiendo pactos climáticos pero eludiendo llamar a los partidos para negociarlos, hablar de transparencia y lucha contra la corrupción indultando ese mismo día a varios condenados por corrupción. O afirmando que el Gobierno de Marruecos está cooperando en la avalancha de Ceuta y que la culpa es del Supremo y de las mafias. El Gobierno de la gente nunca acepta la mínima responsabilidad política.