- Para la partida final sobre Ceuta y Melilla, España tiene las peores cartas, pero no porque Marruecos haya sabido atraerse a EEUU e Israel, sin perder a Francia y a la UE, sino por presidirla quien, al aferrarse al poder a toda costa, se erige en su principal enemigo
Cuando el Gobierno de un país invadido justifica la violación de sus fronteras con mayor entusiasmo que el invasor, como España con Marruecos con su ocupación temporal de Ceuta en el aniversario de la entronización de Mohamed VI, viene como anillo al dedo el refrán catalán de que «quien tiene el culo alquilado no se sienta cuando quiere», al no caberle otro designio que obedecer como un bien mandado. Algo, por lo demás, de lo que Pedro Sánchez hace gala intramuros con sus socios separatistas a los que adeuda el sillón de La Moncloa y extramuros con el vecino del sur al que se rinde preventivamente. Así, a diferencia de Polonia con Bielorrusia en 2021, España no ha denunciado a Rabat por instrumentalizar la inmigración para desestabilizarla, reportándole la rápida reacción de la UE contra un país títere de Putin, por lo que la cumbre de ayer de ministros europeos del Interior sólo sirvió para resolver por enésima vez que lo urgente es no hacer nada, y más cuando el agredido sonríe poniendo la otra mejilla.
Tal sometimiento hace que cada chantaje resulte un incentivo al no entrañar ningún coste para quienes son más voraces cuanto más devoran. Por eso, los golpistas catalanes del 1-O de 2017 presumen de que lo repetirán tras ser indultados y amnistiados como Marruecos ha reincidido este 30 de julio de 2027, pasando de 10.000 a 72.000 asaltantes, en su toma temporal de Ceuta de 2021, y persistirá en ello. Más allá de las excusas del momento, como el viaje reciente de Sánchez a su enemigo Argelia o la nacionalización de los saharauis descendientes de los habitantes de la antigua posesión española, Rabat no oculta su pretensión de adueñarse de Ceuta y Melilla por estar en territorio marroquí cuando son plazas españolas desde antes de fundarse el reino alauita, así como el peñón de Vélez de la Gomera, las Chafarinas, Alhucemas y el islote de Perejil, sin olvidar las Islas Canarias.
Como en la carta del relato de Allan Poe que estaba sobre la mesa, sin que se percataran de ello quienes la buscaban por todos los escondrijos, ya Hasán II propuso en 1987 a Felipe González una célula de reflexión para una cosoberanía sobre Ceuta y Melilla sobre la idea que el monarca le trasladó dos años antes de la Marcha Verde a Henry Kissinger, secretario de Estado norteamericano. Si el Sáhara era su Cuba, su «patio trastero», no transigiría con la independencia de aquella heredad española desde 1885 y provincia número 53 desde 1958 como tampoco con la españolidad de Ceuta y Melilla.
Para entonces, González había rectificado su postura sobre «la colonia que España nunca descolonizó», título del historiador Pablo Ignacio de Dalmases, pese a que, en su visita a los campos de refugiados argelinos de Tinduf de noviembre de 1977, el otrora jefe de la oposición se comprometió con la historia en que «nuestro partido estará con vosotros hasta la victoria final» para luego ser lobista marroquí como todos los que le han sucedido en la secretaría general del PSOE y en sus gobiernos. Es más, muchos correligionarios han hecho ingentes patrimonios descollando en tal menester el exministro Bono, quien pareciera el rey Midas al otro lado del Estrecho, pero también allende los mares desde sus transacciones con Hugo Chávez con su amigo Morodo de embajador de las tangentes de la petrolera Pdvsa, sin echar en saco roto al simpar Blanco desde la consultora Acento.
En ese viraje, tuvo encomienda el expresidente andaluz y del PSOE, Manuel Chaves, quien se proclamó, siendo ceutí de familia de rancio abolengo militar, tener corazón magrebí durante la presentación del Legado Andalusí en Marrakech en marzo de 1999. De hecho, en la conformación del PSOE como lob marroquí, quien luego ha sido condenado por el fraude multimillonario de los ERE jugó un rol clave en la transformación del Pabellón de Marruecos en la Exposición Universal de Sevilla de 1992 en la Fundación Tres Culturas, coparticipada por los gobiernos español y marroquí, así como por la propia Junta de Andalucía. Allí se forjó a la sazón, como director de la misma entre 2004 y 2008, el hoy embajador en Rabat, Enrique Ojeda, hijo del expresidente del Parlamento autonómico, Antonio Ojeda, quien se prodiga en la prensa marroquí en sus plácemes con su antiguo pagador tras la transgresión de la frontera de Ceuta.
Llegado el momento, nadie descarte que Rabat publique otra misiva de Sánchez consintiendo, sin saberlo su Consejo de Ministros, aprobarlo las Cortes y sancionarlo el Rey, la absorción del reino alauita de Ceuta y Melilla como la del ex Sáhara español contraviniendo la resolución de la ONU mandatando un referéndum. Un gobierno rendido a tantos, como Sánchez con la dictadura chavista para sufragar su campaña a la Internacional Socialista, ¿acaso no iba a hacer igual con Marruecos cruzándose de brazos ante una invasión que difícilmente puede obedecer a una sentencia del Tribunal Supremo que refrendaba lo resuelto por otras instancias? Ni que esos 72.000 hijos de Mohamed VI integraran la legión Aranzadi. Ítem más. ¿Cómo se explica que 70.000 de ellos retornaran a Marruecos atendiendo al toque de retreta de sus servicios de inteligencia sin esperar a los expedientes individuales de repatriación a los que alude el Tribunal Supremo sobre las devoluciones en caliente, mientras yacen los cadáveres de los infaustos a los que el régimen usó de carne de cañón y a los que sólo llorarán sus progenitores?
Mentira sobre mentira. Como negar los avisos del CNI, salvo que la inteligencia española haya desactivado sus antenas en el norte de África como hicieron con quienes promueven la ruptura de España al pasar a ser socios de Sánchez, sobre una marabunta de 72.000 personas. En una crisis de esta naturaleza, escandaliza el cúmulo de falsedades de «Noverdad» Sánchez y su acólito Marlaska, pero más que disfrute de unas vacaciones en las que se baña con las medidas de seguridad de las que carecen las ciudades españolas del norte de África, mientras el Parlamento sigue cerrado a cal y canto sin exigir su comparecencia urgente ni llama al jefe de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, al que emplazó en su día para abordar el envío de tropas a Ucrania, pero que se suspendió por la catástrofe ferroviaria de Adamuz.
A este respecto, qué mayor paradoja que haya soldados, barcos y aviones españoles repartidos por medio orbe, incluido a escoltar a unos activistas para que le toquen las narices a Israel, pero no para proteger la unidad de España a la que se dedican tres policías y el del tambor. Ello debiera mover al Rey, que no gobierna, pero sí reina, como Jefe del Estado y capitán general de las Fuerzas Armadas, a evitar el papelón de su padre como Jefe de Estado interino en la agonía de Franco y que Hasán II aprovechó para la Marcha Verde ahora retomada con esta marcha anfibia.
Para la partida final sobre Ceuta y Melilla, España tiene las peores cartas, pero no porque Marruecos haya sabido atraerse a EEUU e Israel, sin perder a Francia y a la UE, sino por presidirla quien, al aferrarse al poder a toda costa, se erige en su principal enemigo. Por eso, antes de que el Gobierno disuelva al pueblo para elegir otro mediante el cambio del censo electoral, convendría mejor disolver este Gobierno para ahorrarse tanta estulticia. Como señaló Bertolt Brecht, «cuando la hipocresía es de muy mala calidad, es la hora de decir la verdad». Más cuando los bárbaros no son quienes aguardan la caída de Ceuta y Melilla, sino aquel que se hamaca en La Mareta escandalizando a la prensa europea.