- España tiene historia, tiene sangre y tiene el derecho absoluto de proteger su suelo. Quien no esté dispuesto a hacerlo, que se quite de en medio. Porque lo que está en juego ya no es solo una ciudad. Es la dignidad de un pueblo al que todavía le queda fuerza para responder
Lo que ha ocurrido en Ceuta no es una crisis migratoria. Es una agresión deliberada. Una invasión híbrida ejecutada a sangre fría. Entre el 30 y el 31 de julio de 2026, entre 50.000 y 60.000 personas irrumpieron a nado y trepando el espigón del Tarajal, aplastando una ciudad de apenas 84.000 habitantes. Más de setenta muertos confirmados. Fuentes policiales elevan la cifra por encima del centenar. La mayoría regresó en horas, pero el mensaje quedó claro y brutal: Marruecos abre y cierra el grifo migratorio cuando le da la gana. Exactamente igual que en mayo de 2021, cuando la hospitalización de Brahim Ghali desató la primera embestida. Entonces fue un aviso. Ahora es una demostración de poder.
Esto no es espontáneo. Es cálculo frío. Marruecos instrumentaliza a seres humanos como munición política. Lo sabe la Unión Europea, lo saben los servicios de Inteligencia españoles y lo saben quienes aún se niegan a llamar a las cosas por su nombre. Es guerra híbrida en estado puro: presión asimétrica, sin disparar un solo tiro, que desborda fronteras, satura recursos y genera fisuras internas en el adversario. Ceuta no es solo un enclave español; es el flanco sur de Europa y el termómetro de la soberanía nacional.
Y aquí entra el tablero completo. España depende energéticamente de Argelia. El gasoducto Medgaz sigue siendo la arteria principal: en la primera mitad de 2026 Argelia aportó casi el 34 % del gas que llega a nuestro país, por delante de Estados Unidos. Sánchez viajó a Argel el 20 de julio precisamente para aumentar ese suministro en un 10 % y normalizar una relación que él mismo dinamitó en 2022 al respaldar el plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental. Argelia, principal valedor del Frente Polisario, suspendió el Tratado de Amistad, retiró a su embajador y castigó las exportaciones españolas. El gas, sin embargo, nunca se cortó del todo. Interdependencia forzada.
Argelia y Marruecos se odian. Fronteras cerradas desde 1994, rivalidad existencial por el Sáhara y ahora por la influencia en el Sahel. Mientras Rabat consolida su control sobre el territorio saharaui con el respaldo de Washington, Argel intenta abrir frentes en África Occidental. España, atrapada en medio, intenta equilibrar dos enemigos mortales: necesita el gas argelino y al mismo tiempo ha entregado a Marruecos la carta del Sáhara a cambio de una calma migratoria que, como se ha visto, es puramente ilusoria.
¿Y Estados Unidos? Trump ha profundizado la alianza con Mohamed VI hasta niveles inéditos. Reconocimiento explícito de la soberanía marroquí sobre el Sáhara («cualquier otra vía es inaceptable»), inversiones en el territorio, maniobras African Lion incluso en El Aaiún, ventas de armamento y cooperación en minerales críticos e inteligencia artificial. Washington ve en Rabat al socio fiable en el Magreb. España, en cambio, aparece como un actor degradado, sin peso ni credibilidad internacional. Un país que cambia de posición sobre el Sáhara según sopla el viento político interno, que depende del gas de un régimen hostil a su nuevo «amigo» marroquí y que proyecta debilidad. En el gran ajedrez global, quien no juega con seriedad pierde piezas. Europa juega al escondite; España, a la autopiedad.
Marruecos no solo presiona a España. También sostiene los intereses de Estados Unidos y de varios países europeos en el Sahel. La región –especialmente Mali, Níger y Burkina Faso, reunidos en la Alianza de Estados del Sahel tras los golpes de Estado– se ha convertido en un agujero negro de yihadismo, tráfico y proyección rusa. Francia se retiró de la operación Barkhane y de las misiones europeas; las juntas locales expulsaron a los occidentales y se acercaron a Moscú. En ese vacío, Rabat ofrece inteligencia antiterrorista, contención de flujos migratorios, rutas comerciales a través de su Iniciativa Atlántica (con el puerto de Dajla como nodo) y una plataforma logística estable. Estados Unidos lo valora explícitamente. Francia, a pesar de sus vaivenes, sigue necesitando un interlocutor. Otros europeos, preocupados por el efecto dominó migratorio y terrorista hacia el Mediterráneo, también. Marruecos se presenta como el ancla que Occidente ya no tiene en el interior del continente.
España, entre tanto, mira hacia otro lado. Su credibilidad internacional se ha erosionado: un gobierno que prioriza la supervivencia parlamentaria sobre la defensa de la integridad territorial, que normaliza la dependencia energética de un adversario de su socio preferente y que responde a las agresiones híbridas con gestos diplomáticos y visitas de ministros. Ceuta no es un problema local. Es el síntoma de una nación que ha perdido el sentido de su posición estratégica.
Ceuta no es un incidente. Es una humillación deliberada.
Mientras el gas argelino sigue alimentando nuestra dependencia y Washington refuerza su alianza con Rabat, España se limitó a contemplar cómo su territorio era invadido a voluntad ajena. Miles cruzaron porque Marruecos lo permitió. Y el Gobierno respondió con gestos vacíos, visitas de ministros y comunicados tibios. Esa no es debilidad: es rendición.
Un país que convierte sus fronteras en moneda de cambio ha dejado de mandar en su casa. Un Estado que se arrastra entre Argel y Rabat mientras cede terreno real se convierte en rehén de ambos. Y una nación que traga la afrenta una y otra vez termina por merecerla.
Ceuta ha gritado la verdad con hechos brutales. O recuperamos la dureza necesaria para defender lo nuestro, o aceptamos que otros decidan cuándo se abre y se cierra nuestra puerta. No hay medias tintas. La soberanía no se mendiga en despachos: se impone o se pierde para siempre.
España tiene historia, tiene sangre y tiene el derecho absoluto de proteger su suelo. Quien no esté dispuesto a hacerlo, que se quite de en medio. Porque lo que está en juego ya no es solo una ciudad. Es la dignidad de un pueblo al que todavía le queda fuerza para responder.
- Ignacio Trillo Arespacochaga es miembro de la junta directiva de la Asociación Pie en Pared y de la Fundación Foro Libertad y Alternativa