Roberto Rodríguez Andrés
- Reducir lo sucedido a una mera crisis migratoria sería un error. Lo ocurrido en Ceuta tiene muchas lecturas. Y casi todas inquietantes
Las imágenes de Ceuta son difíciles de olvidar. Decenas de miles de personas asaltando una ciudad de apenas 85.000 habitantes, que se han sentido abandonados. Y lo peor, más de un centenar de muertos. Pero reducir lo sucedido a una mera crisis migratoria sería un error. Lo ocurrido en Ceuta tiene muchas lecturas. Y casi todas inquietantes.
La primera es a nivel interno. Es verdad que la crisis se ha resuelto con rapidez. En menos de 48 horas, la mayoría de los que entraron habían regresado. Pero esto no quita para reconocer los errores: no teníamos suficientemente vigilada la frontera y nuestros servicios de inteligencia o bien no se enteraron de nada (lo cual sería alarmante) o, si lo hicieron, no fueron escuchados (lo cual sería aún más grave).
La segunda es geopolítica. En pleno siglo XXI, los ataques ya no son solo con tanques o misiles. Un país puede ser asaltado también con flujos migratorios, algo que Marruecos ya hizo en 1976 con la Marcha Verde y que ahora ha demostrado que puede repetir. De hecho, la amenaza aún resuena: son capaces de tomar Ceuta en apenas unas horas y sin pegar ni un solo tiro. Rabat niega haber estado detrás y atribuye la crisis a la desinformación y a las mafias. Pero no podemos ser ingenuos: una movilización de semejante magnitud no hubiera podido producirse sin la intervención (o la pasividad) de las autoridades marroquíes. Es lógico pensar que esto formaba parte de un plan.
La tercera, y quizá la más preocupante, es la constatación de que Marruecos nos lleva la delantera en las relaciones diplomáticas. Estados Unidos e Israel consideran al reino alauita un aliado estratégico de primer nivel y si ambos le apoyan en sus reivindicaciones territoriales sobre Ceuta y Melilla, como están empezando a hacer y como, de hecho, ya hicieron con el Sáhara occidental, la cosa se va a poner fea para nuestros intereses. Además, la Unión Europea está siendo tibia, porque depende de Rabat para la gestión de los flujos migratorios, y la respuesta de muchos de nuestros vecinos ha sido bastante insolidaria. Todo esto se ha traducido en una realidad aplastante: nadie ha señalado a Marruecos como responsable de lo sucedido, sino a nuestro país, por tener desatendidas las fronteras. Ni siquiera nuestro gobierno ha podido ser firme en esto, consciente de que tenemos que andar con pies de plomo en este asunto.
Sin embargo, todas estas reflexiones corren el riesgo de olvidar lo esencial: las personas. Sí, personas. No «invasores» o «zombis», como se ha querido trasladar desde posiciones ultras en una peligrosa tendencia deshumanizadora. Hablamos de niños y jóvenes que han sido manipulados y cuya única aspiración era tener una nueva vida. No nos dejemos llevar por las provocaciones o por los discursos del odio. Es ahí precisamente donde podremos mostrar nuestra superioridad moral sobre aquellos que les han utilizado vilmente para sus objetivos.