Rosa Martínez-Vozpópuli

  • Si Meloni controla fronteras, pone en peligro Europa. Si Sánchez controla fronteras, protege España

A las cinco de la tarde del viernes, los controles italianos a viajeros procedentes de España eran un ataque a la dignidad de los españoles. A las nueve de la noche, establecer controles a viajeros procedentes de Italia era una medida necesaria para protegernos de la presión migratoria. Cuatro horas. Eso es aproximadamente lo que dura la dignidad nacional cuando le da el sol de agosto.

José Manuel Albares había aparecido indignadísimo porque el Gobierno de Giorgia Meloni decidió mantener controles temporales a los viajeros procedentes de España tras la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta. La medida, dijo el ministro, era “injustificada”, atacaba “la dignidad de los españoles” y constituía “un torpedo en la línea de flotación de la unidad europea”. Un torpedo. Nada menos.

Italia alegó motivos de seguridad, riesgo de movimientos secundarios y la posibilidad de una nueva oleada migratoria. España respondió que no había motivo alguno, que la situación de Ceuta estaba ya canalizada, que la mayoría de quienes entraron habían regresado a Marruecos y que ningún inmigrante había alcanzado la Península.

Hasta aquí, uno podía estar de acuerdo con Italia, con España o pensar que ambos gobiernos estaban utilizando Schengen para medir quién tiene la frontera más larga. Lo verdaderamente interesante llegó unas horas después.

La dignidad moribunda

Pasadas las nueve de la noche conocíamos que el Gobierno español había decidido restablecer también controles temporales en puertos y aeropuertos para los viajeros procedentes de Italia. Serían aleatorios, entrarían en vigor esa misma medianoche y se mantendrían, en principio, hasta el 7 de septiembre. ¿El motivo? “La persistente presión migratoria irregular que sufre el país transalpino”.

Perdonen un momento, que voy a revisar la dignidad de los italianos, no vaya a ser que, contra todo pronóstico, ellos la tengan intacta, mientras la nuestra se arrastra moribunda poniéndole ojitos al señor Albares. Resulta que establecer controles a viajeros procedentes de España porque Italia considera que existe un riesgo derivado de la presión migratoria es una medida injustificada, discriminatoria y contraria al espíritu europeo. Pero establecer controles a viajeros procedentes de Italia porque España considera que existe un riesgo derivado de la presión migratoria es una decisión perfectamente razonable. La diferencia jurídica, diplomática y moral debe de estar escondida en algún anexo de Schengen que dice: “Esto será intolerable salvo que lo hagamos nosotros”.

Ni represalia ni pataleta

El Gobierno español había dado a Italia un ultimátum para retirar sus controles. Meloni respondió que no aceptaba ultimátums ni imposiciones extranjeras en materia de seguridad nacional y que no reconsideraría la medida, al menos, hasta el 15 de agosto. Y España, que unas horas antes clamaba contra la unilateralidad, decidió unilateralmente hacer lo mismo, pero oiga, hasta el 7 de septiembre. No por represalia ni por pataleta, claro. Qué mal pensados somos.

Ha coincidido. Como coinciden esas parejas que, después de una discusión fuerte, publican a los veinte minutos una fotografía estupenda en Instagram con el mensaje “más feliz que nunca”. España no ha reaccionado porque Italia se negara a obedecer. España simplemente ha descubierto esta tarde, de manera completamente espontánea, que Italia lleva soportando una presión migratoria persistente y que quizá convenga controlar quién llega desde allí. La revelación ha debido de producirse entre la merienda y la cena de nuestro Adonis presidencial. Que igual es que eran las cinco y no había comido, también puede ser.

Hay algo fascinante en la capacidad del Gobierno para cambiar la naturaleza de una medida sin cambiar la medida. Basta con cambiar quién la adopta. Si Meloni controla fronteras, pone en peligro Europa. Si Sánchez controla fronteras, protege España. Si Italia establece controles a quienes llegan desde nuestro país, ataca la dignidad de los españoles. Si nosotros hacemos lo mismo con quienes llegan desde Italia, estamos defendiendo nuestros intereses.

Y todo esto después de pasarnos años escuchando que las fronteras son prácticamente una antigualla moral, una cosa feísima que solo preocupa a señores muy enfadados con banderitas. Resulta que no. Las fronteras existen. Los controles sirven. Los pasaportes tienen utilidad. Incluso se pueden recuperar dentro del espacio Schengen cuando un Gobierno considera que hay razones suficientes. Pero ha tenido que enfadarse Pedro Sánchez con Giorgia Meloni para descubrirlo.

Una cuestión inmoral

Lo divertido es que la discusión empezó precisamente porque Italia desconfía de cómo España está gestionando las consecuencias de una entrada en Ceuta de decenas de miles de personas. Nuestro Gobierno respondió primero que todo estaba bajo control. Después exigió solidaridad europea. Más tarde acusó a Italia de romper la unidad comunitaria por protegerse de un riesgo que, según él mismo dice, ya no existe. Y finalmente ha decidido protegerse de Italia por un riesgo migratorio que sí considera existente allí.

Es difícil seguir el razonamiento sin una pizarra, tres rotuladores y una copa. Quizá el problema no sea Schengen ni Italia y ni siquiera los controles fronterizos. Quizá el problema sea esa costumbre tan nuestra de convertir cualquier decisión política en una cuestión inmoral cuando la toma el adversario y en una cuestión técnica cuando la tomamos nosotros. Por la tarde controlar fronteras era indigno. A la noche era prudente. Y mañana ya veremos.

De momento hemos aprendido algo importante: la dignidad de los españoles dura unas cuatro horas. Las fronteras, por lo visto, bastante más.