José Ignacio Calleja-El Correo

  • Pasa que dependemos de otros, de muchos otros que están muy enfadados con Sánchez y se la quieren cobrar bien cara

Cuántos muertos van… llegaremos a los 200? Ha sido una catástrofe sin paliativos. La responsabilidad con Ceuta será grande por parte de los gobernantes, pero los muertos dan otra dimensión al descuido y la doblez en que nos movemos. ‘Que no sabían nada’, que no lo vieron venir, que los pilló ocupados en los incendios… Y pasan la frontera setenta mil personas, ni se sabe cuántos, y nos dicen que se van fácilmente, y que no es problema, que están acordando la vuelta a marchas forzadas con Marruecos, que tampoco lo sabían estos, que las redes se les han adelantado… y cuatro días después, quedan unos 3.000 entre menores de edad y otros supuestos de protección internacional debida; y algunos indeseables. Estos últimos, ‘yihadistas’, sí son peligrosos, pero son los menos.

Y, entonces, la sorprendente reacción del gobernante. Resulta que se vuelve a su lugar de veraneo y todo lo que sabemos; llega, dice que no pasa nada grave y se va; se supone que tratando de dar apariencia de normalidad, pero nada puede ser normal con docenas de cadáveres sobre la mesa y los 1.500 menores que tienen derecho humano fundamental de acogida y protección. Y otros tantos adultos reclamando asilo. Que para eso está el ministro del ramo, dice el presidente. ¿Cuál o cuáles? ¿Los que no se han enterado de nada hasta suceder los hechos? Pero, ¿cómo no se van a enterar en el CNI y en Interior? ¿Quién vigila durante la noche y a quiénes vigila?

Tanto decir que el Estado todopoderoso es el Gran Hermano entre ciudadanos minorizados y no puede enterarse de que setenta mil personas ocupan una ciudad de su costa. Y no faltan gestos de tranquilidad. ‘Que no obstante el desaguisado de los que han entrado, se les tratará como se debe en derecho y dignidad’. Agrada escucharlo, sí, pero ¿cómo confiar si donde había 13 muertos ya son más de 150? ¿Cómo creer a quienes de nada se enteraron? ¿Y cómo confiar si donde se promete que es cuestión de dos días, las horas pasan, el juego se embarra y el miedo reina en las familias? Es lógico, no ven claro su futuro; la confianza es hija del orden social claro y justo.

Todos sabemos que son procesos largos y enredados en causas y objetivos, en sujetos y fines. ¿Cómo vivir en el lugar, en cualquier lugar afectado como Ceuta, y calmarse? No sabemos qué diálogos y pactos se alientan entre las autoridades, no conocemos las responsabilidades que se asumen en los diálogos entre los responsables, pero seguimos ahí; la presencia de miles de menores y de otros mayores, en distintos supuestos por su origen, su edad y su motivación, requiere obrar con seriedad, temple, cercanía, colaboración y justicia.

Y ¿cómo, quiénes, cuándo lo harán? El Parlamento cerrado, el Rey y el presidente del Gobierno, veraneando, tal vez con distintas ganas, los políticos más relevantes de vacaciones y a lo suyo; sabemos que quizá no, pero es lo que parece… Todo suena a una pose que queriendo decir ‘aquí no pasa nada’, en realidad, pasa que dependemos de ‘otros’, de muchos otros que están muy enfadados con Sánchez, que se la quieren cobrar y bien cara, y que no faltan los que aprovechan la ocasión de recrecer en el Estrecho y su valor estratégico; tal vez no se quiere decir que va para largo, que son muchos otros los que nos esperan y que el asunto de momento solo promete arreglos provisionales, procurando que no se enrede o se repita.

Desde luego, porque sería muy malo para el país y su proyecto, pero también, más inmediato, porque las elecciones pueden castigar a cualquiera, y esa nueva inquietud, incierta pero más presente que nunca, desordenaría por causa de los votos las prioridades más humanas de la catástrofe: los menores, los perseguidos, la ciudad de Ceuta, la justicia social que sustenta el bien común y, su fruto, la paz entre los Estados y sociedades directamente afectadas.

Todo esto trasciende unos votos ganados o perdidos aquí y allá, pero en el enredado panorama español de los unos tocando el poder con las yemas de los dedos, y los otros conservándolo con hilos muy delgados, muchos podrían ver la penúltima posibilidad para su suerte política. Todo esto es secundario, pero está ahí. No tiene el nivel de la geopolítica pero sí la forma de un terreno más conocido y, por ende, con más oportunidades de recorrerlo.

Vamos a seguir en ello, vamos a exigir atención al testimonio y el grito de los más afectados y frágiles en el lugar del drama, el Mediterráneo y Ceuta, y vamos a hacerlo sin descuidar su clave de bóveda en los derechos humanos de todas las personas. Veremos hasta dónde llega el patriotismo del bien común equitativo de los pueblos. No hay otro.